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Hace pocas semanas asistí a otra representación de La Casa de Bernarda Alba de nuestro maravilloso poeta y dramaturgo Federico García Lorca. Allí vi una Bernarda sobria y desértica, páramo, infinita, abierta. Hoy asisto a este montaje firmado por Irina Kouberskaya y Hugo Pérez de la Pica. Y salgo maravillado, sorprendido, gratamente satisfecho. Y comprendo que Lorca es mucho Lorca, que permite una lectura realista, tradicional, rural, opresiva,… como debe ser, pero también sin menoscabar los adjetivos anteriores, aún más profunda, más plástica, más simbólica, más ancestral todavía, más ritual, más sombría aún si cabe, pero con un ritmo marcado por las sístoles y diástoles del corazón, por los tambores y pasos de la semana santa, por los cornetines del paseíllo de una corrida de toros, por el batir de alas y los graznidos de los cuervos, por la cruz de la pasión y el icono de la última cena, por las puertas siempre cerradas, por los velos de las mujeres en la misa, por la religiosidad y el fanatismo, por lo oculto, por intentar representar no solo las palabras del poeta, sino también lo que sienten los personajes de manera subconsciente, por lo que no se dice.
Magnífico ese sonido del agua con el que empieza la obra. Ya nos introduce de lleno en uno de los símbolos de Lorca y su obra. A partir de ahí todo se vuelve sufrimiento, calvario, pasión, dolor, pintura negra, aire espeso.
En otros montajes de esta Bernarda podía cerrar los ojos y quedarme con el sonido maravilloso de las palabras de Lorca. En este del Teatro Tribueñe necesito verlo, observar esos movimientos, esa coreografía no bailada, esos trayectos fantasmales de los personajes, las soledades de cada hermana, las miradas de la madre hacia el infinito que ella misma no ve, esas pinturas negras, comprobar en pleno escenario esa tormenta tan grande que está ocurriendo en el interior de cada una de ellas.
Es un montaje poético. Y duro. Y atrayente por misterioso. Y sombrío y, al mismo tiempo, fresco, nuevo, distinto. De profundo arraigo tradicionalista y fetichista. Y el texto intacto, impecable, no hace falta cambiarle una coma, Lorca puro.
Las actrices, desde la primera a la última, excelentes. Contenidas y desmedidas, matizadas pero inmensas. Carmen Rodríguez encarna una Bernarda Alba imponente, pero Poncia, Chelo Vivares, es la que marca el camino, tan grande como su señora. Y las hijas, Badia Albayati, una Adela que rezuma pasión por los cuatro costados, Alejandra Navarro, Matilde Juárez, Rocío Osuna, Irene Polo, Marina Valverde,… qué gran trabajo y qué esfuerzo por parte de todas.
¡Qué grande Lorca que permite hacer de sus textos estos magníficos trabajos!

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