el-padre
Nadie entiende. Nadie lo entiende ni puede entenderlo. Ni el propio afectado, el mismísimo paciente, ni la familia, ni siquiera los enfermeros, ni los médicos, ni la ciencia, ni los psicólogos, ni los videntes.
Cuando una enfermedad tan terrible como la pérdida de conciencia, de memoria, de deterioro cognitivo, hace mella, cuando entra en la mente, ya solo nos quedan los afectos, los recuerdos difuminados, vivir de lo que se siente en ese momento, ir viendo cómo se van perdiendo los enseres, los muebles, lo que fuimos, lo que poco a poco vamos dejando en el olvido, en el cajón de los recuerdos valiosos, hasta que también dejamos de saber dónde está guardado ese tesoro.
Y si un grande de la escena como Héctor Alterio es el encargado de hacérnoslo llegar, de contarlo, entonces se nos pone un nudo en la garganta, se nos cierra el estómago, se nos saltan las lágrimas por la emoción, por tener el privilegio de ver trabajar a uno de nuestros mejores intérpretes. De eso no había duda previamente, pero verle esa involución, ese sentir por dentro, esa angustia vital, ese enorme esfuerzo, entonces, te das cuenta de lo grande y lo valioso que es el teatro, lo profundamente que llega, la inmensidad de poder verlo en directo con un texto delicado, solvente, que va a la raíz del problema, que no repara en emociones aunque lógicamente y por la situación del propio personaje, arranque sonrisas de vez en cuando. Sonrisas que quieren ocultar la tristeza de verse en ese infierno, en esa tesitura, en ese mal brete.
Florian Zeller, el autor de El Padre, lo consigue y nos mantiene también en vilo, nos atrapa, nos convence. Y la dirección de José Carlos Plaza, que quiere a sus actores y los trata con el cariño (y la dureza) que se requiere. Dureza por sus propios personajes, por lo que les compete.
Todos tremendamente competentes. Ana Labordeta, Luis Rallo, Miguel Hermoso, Zaira Montes, María González. Humanos, reales, sensibles.
El Padre, que bien pudiera ser el padre de cualquiera de nosotros, real como la vida misma y dramático como el teatro que debe acercarse a lo que sucede.
En el Teatro Bellas Artes actualmente. No deben perderse la satisfacción de engrandecerse con este magnífico trabajo sobre el Alzheimer.

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