la-cicatriz
Hay que bailar. Es necesario bailar sintiendo el cuerpo propio y el del otro. Es importante bailar mirándose a los ojos y, si es posible, sonriendo. Recordando cómo bailaban nuestros padres, cómo disfrutaban, cómo se entregaban.

Dámaso y Estela bailan solos, cada uno por su lado. Se encuentran, hablan, hacen el amor, se necesitan aunque lo nieguen, se imaginan una vida compartida, pero cada uno arrastra su herida. Se resquebrajan aunque intenten mantenerse íntegros. Luchan contra sí mismos.
Ella se expresa más. Él sabe escuchar, pero le duelen las palabras de ella y las que él mismo calla. Dámaso quiere parecer frío como el mármol pero es humano, quizá demasiado, aunque quiera ocultarlo. Estela vive confundida entre lo que desea y lo que fue, entre lo que imagina y lo que no está dispuesta a renunciar. Los dos están entre la soledad y la agonía. Por eso se necesitan y se buscan y quisieran encontrarse. A veces solo se encuentran dos cuerpos, otras, se encuentran dos desiertos, dos sentimientos paralelos.
David Ramiro Rueda, autor y director, ha escrito un gran texto. Un texto bello y duro. Poético. Real. Desgarrador, sin hipérboles que rasguen las vestiduras. Es un texto de dolor interno. Un texto de sentimientos y soledades, y búsqueda, y vísceras.
Y lo interpretan a la perfección Adriana Salvo y Álvaro Quintana. Sensualidad, desolación, dudas, necesidad del otro, atracción y enfrentamiento. Nos hacen partícipes de su tremendo pasado, de su cruda realidad actual, de un futuro incierto en el que acabarán compartiendo La cicatriz de un cuchillo que ya tenían clavado dentro.
Eduardo de los Santos en la producción, junto con Sergio Lardiez en la fotografía y estética visual creen con razón en este proyecto. Uno sale plenamente satisfecho, habiendo disfrutado del buen teatro, con una marca (como una cicatriz) en el intelecto pero, sobre todo, en el sentimiento.

Bitnami