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Lope de Vega sabía de amores, de enredos, de comedia, de personajes, de celos, de teatro. Con El perro del hortelano luce sus mejores palabras, su juego escénico, su divertimento palaciego. Y la Compañía de Teatro Clásico con Helena Pimenta al frente y la versión de Álvaro Tato (Ron Lalá) nos lo ofrece limpio, ágil, divertido, magníficamente interpretado.

Nos lo traen un poco más cercano en el tiempo, al siglo XVIII, con lo que le dan colorido, luz, ilustración, contraposición a los sentimientos que imperaban entonces, pero que así contrastan con ese juego del amor, ese querer y no poder, ese intento de ascender pero imposible hacerlo si no es por un golpe de suerte, lógicamente amañado.
Tal y como nos la presentan, es un montaje que tiene presente ese doble rasero del lema del título: no comer ni dejar comer. Espacios amplios para comportamientos opresivos. Me enamoro pero no lo demuestro, te quiero pero no te dejo libre, me escondo, entro y salgo, no tengo tiempo para soledades, pero no hay nadie cerca, solo el amor, el espíritu del amor baila a sus anchas. Y un piano que suena a lo lejos, que bien hubiera podido ser un violín. Y unas pelucas que encorsetan, aquí nadie se muestra del todo sincero.
Y los actores están perfectos. Se muestran divertidos y agobiados, cercanos sin olvidar que no dejan de ser personajes, que deben hablar en verso, que suene bien y, al mismo tiempo, no chirríe, que parezca natural, que lo hacen sin esfuerzo. Todos cumplen con eso. Rafa Castejón, como Teodoro, sin el tormento de creer que están jugando con él, y realmente no buscando medrar sino amar; Marta Poveda, en su Diana de mujer que lleva las riendas pero necesita también que la cuiden y le hagan caso; Joaquín Notario, es Tristán, el personaje que más se luce y del que Notario saca auténtico partido, sin tener que exagerarlo; Natalia Huarte le da a su Marcela, la verosimilitud necesaria. Sabe que está fuera de los planes de Teodoro. Y todos los demás, también moviéndose al mismo ritmo, con gran acierto, Paula Iwasaki, Fernando Conde, Paco Rojas, Pedro Almagro,…
Viendo esta nueva propuesta recordé el espíritu de Adolfo Marsillach cuando se hizo cargo de la CNTC. Nuestro patrimonio clásico está a la altura de las mejores literaturas del mundo. Solo están ahí esperando que alguien venga a rescatarlas. Pueden ser títulos olvidados o, como en este caso, archiconocidos y estudiados, pero es necesario mostrarlo con la solvencia que se está haciendo.
Y que no pase nunca más como un comentario que me dijeron cuando hablé de que iba a ir a ver El perro del hortelano, que esa obra ya la habían visto otras veces, que ya la conocían. No, por favor, cada obra tiene su lectura, sus intérpretes, su momento, su público. Y, ojalá, pudieran verse todos los años, por otros equipos, por otras manos. Porque ni siquiera nosotros, espectadores, somos los mismos en cada ocasión y, por tanto, no es conveniente que nos lo perdamos.

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