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Un hilo muy fino, muy sutil, que puede romperse en cualquier momento es el que separa, o une, el límite entre verdad y mentira, entre engaño y sinceridad.  Entre despiadada certeza y delicada duda.

En ese equilibrio o inestabilidad se mueve la obra La Mentira de Florian Zeller que se representa actualmente en el Teatro Maravillas. Maravilla es poder asistir a este juego de verdades no absolutas y mentiras a medias entre dos parejas de amigos que siguen un juego peligroso. Contarse la verdad o callársela, engañar para decir lo cierto, o explicarse de forma sincera para intentar pillar al otro en una confesión que hará peligrar amistades y matrimonios.
No es una obra de humor y, sin embargo, es una obra con un texto incisivo y sarcástico, en un tono divertido y serio al mismo tiempo, con situaciones más o menos cotidianas que todos sabemos pero que nos va sorprendiendo en cada momento. Es comedia, desde luego. Pero no para los personajes protagonistas que verán peligrar su estabilidad emocional; entonces es cuando tienen que decidir si seguir con el juego de mentir o decir la verdad, de mantener el tipo o de mandarlo todo al traste por un comentario indebido o mal hecho.
La dramaturgia está perfectamente estructurada, con las escenas bien delimitadas y secuenciadas. Quizás me sobra la última, creo que no es necesario incidir y hacer saber que por ahí andaban otros misterios ocultados. Era casi obvio.
Por lo demás, el director, Claudio Tolcachir, mueve a los actores con elegancia y naturalidad, los deja hacer, cuida los detalles, los gestos, las miradas, los silencios. Elenco perfecto. Mapi Sagaseta, un placer volver a verla espléndida; Armando del Río, irónico, en su sitio, atractivo como corresponde a su personaje, y los grandes Natalia Millán y Carlos Hipólito, midiéndose las fuerzas, enormes, plenos, complementados, convenciéndonos, aunque nos cuenten mentiras piadosas o verdades delicadamente interpretadas. Una suerte poder asistir a estas confesiones de matrimonio pseudomentiroso.

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