Ser diferente. Ser distinto. Y por ello sufrir las consecuencias de lo que se considera bien establecido. Y cuando uno consigue llegar a adulto, ya tiene una coraza, un antídoto, pero siendo un niño, hay que ser muy fuerte para no sufrir las consecuencias y hacer frente a esas situaciones de acoso y derribo.
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Tremenda historia la que nos cuentan en El Pequeño Poni de Paco Bezerra. Tremenda historia cierta. Y repetida. Y excesivamente cotidiana, se da todos los días. Por desgracia. Por mala praxis de no saber atajarla.
Y, mientras tanto, el sufrimiento de la familia, (cuando se enteran, que muchas veces pasa desapercibida). No saber qué hacer. No saber qué es lo correcto. Equivocarse. Nada está bien hecho, todo lo que se haga puede ser una mala decisión, y hacer caer más en el abismo al niño.
Entiendo el sufrimiento de los padres, sus desavenencias, sus dudas, sus miedos, cómo se tambalea todo lo que uno creía bueno. Y entiendo al que sufre, por supuesto, y me solidarizo porque no hay que callarse ante esta gran lacra cada vez más extendida.
Y quisiera que con mi sentimiento fuera capaz de que todos tomaran conciencia. Pero como no es así, está muy bien que este equipo dramatúrgico nos lo traigan, nos lo denuncien, nos lo griten con acierto y con tino en forma de teatro y bien dicho.
Magnífico. Estupendo el texto, las escenas, la secuenciación del tiempo que va pasando y lo que va ocurriendo. La imagen del niño. La denuncia de acosadores y consentidores. Una puesta en escena sobria y sentida.
Y magníficos los actores. Una dirección impecable de Luis Luque. María Adánez y Roberto Enríquez. Ella, una madre que solo busca el bien de su hijo, que su hijo no sufra, que no sea distinto. Y él, un padre indignado, defensor, un poco vengativo, pero con toda la razón del mundo en ese momento y para él. Y la relación entre ellos, que se va minando, porque tienen formas de verlo distinto.
Ese es el problema, que hoy no se admite lo que es de forma diferente, lo que no conocemos, lo que no se ajusta a los convencionalismos. Acosadores y víctimas. La importancia de denunciarlo al menor atisbo. Y en obras como esta, una necesidad para concienciarnos y, además, ver buen teatro.

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