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El Laberinto Mágico de Max Aub, es un laberinto de muertos. Es un laberinto de historias en medio de campos yermos. En la mitad de una guerra fratricida que nunca debiera haberse producido. Un laberinto del que solo se podía salir huyendo o muerto.

Desde el principio, esta adaptación de las seis novelas del autor, Campo cerrado, Campo de sangre, Campo abierto, Campo del Moro, Campo francés y Campo de los Almendros, me emociona. Me encoge el corazón. Me pone la piel de gallina. Me lleva al borde del llanto. Porque sin haberlo vivido directamente, lo recuerdo. Igual que Max Aub, igual que todos aquellos que lo sufrieron.
Ellos, los personajes, los protagonistas directos de tantos desmanes, de tantos atropellos, de tanta masacre, de tanta soledad, de tanto odio, de tanto miedo, nos lo cuentan a través de esta magnífica interpretación de un gran elenco.
Con nombres y apellidos, diciendo dónde nacieron, nos van relatando sus penurias, sus muertes, su futuro deshecho, sus proyectos frustrados su infierno.
¡Qué gran acierto! Acierto el de Ernesto Caballero de rescatar estos textos narrativos y dárnoslos dramatúrgicamente bellos de la mano de José Ramón Fernández, y el equipo del Laboratorio de Rivas Cherif, que para eso sirven los buenos experimentos. Para crear buenos montajes, para traernos teatro del bueno.
Y los actores, desde el último al primero, aunque no es el caso, porque es una obra de grupo, de elenco entero, bien conjuntados, bien coordinados, estupendamente implicados en el texto, poéticos, emocionados, sinceros, , Macarena Sanz, Chema Adeva, Paco Déniz, Alfonso Torregrosa, Paco Celdrán, Paloma de Pablo, Marisol Rolandi,… por citar solo a unos cuantos….
Y un espacio perfecto. En detrimento del número de butacas, pero grande, cercano, a modo de campo de batalla, con los sacos terreros, ligando de forma natural unas escenas con otras,… se agradece tanto esfuerzo, y tan buen y espléndido proyecto.
En el teatro Valle-Inclán, vayan a verlo.

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