#SirenasEnLaNube, eso nos indican constantemente Aída y Piedad, Laura Garmo y Amparo Bertomeu para publicitar su espectáculo atrevido, diferente, descarado, divertido, en cierto modo transgresor, original, mediático.
Es lo que buscan, es lo que quieren. Que se dé a conocer. No les importa que cuelguen fotos, vídeos, enlaces, cuantos más likes mejor, el mundo de la virtualidad llevado a su máximo exponente.
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Ese es el juego. Para ser alguien hay que estar en las redes. Hay que dejarse atrapar por las redes. Si no, no eres nadie, no existes. Por eso son Sirenas en la Nube; sirenas, seres fantásticos, mitológicos, que en realidad no existen, legendarios personajes que atraen porque nadie puede verlas, pero todos se sienten atraídos por su canto, por la imaginación que hace desearlas. Pero están en la nube. Esa nube que tampoco nadie alcanza. Que nos vigila a través de móviles y ordenadores, que nos controla, de la que dependemos cada vez más, porque cada vez más gente está en las nubes, que confunde la realidad con la virtualidad, el deseo con los hechos concretos, las relaciones personales con el contacto directo.
Así, creo entender, lo ven estas dos vigorosas actrices que también han participado en el guion con Miguel Crespi, a la sazón director del montaje. Con la excusa de alcanzar la máxima felicidad que es convertirse en el mejor comercial de vaporetas, con el estímulo de un premio singular, como es plantar la huella en la cima del Teide, con las miras puestas en ser único entre miles de únicos, nos incitan a participar, a involucrarnos, a soltar lastre, a desprendernos de prejuicios para caer en las obviedades que imperan en la sociedad del momento.
Y la grandeza de esta obra es, precisamente, el contacto directo de las dos actrices con los espectadores. Ese tejemaneje. Y sumisos y entregados nos sometemos lúdicos al juego que nos proponen. ¿Por qué? Porque es contacto directo, es tocarnos entre nosotros, darnos besos, dar dinero si hace falta, bailar, reír con ellas, hacernos los consabidos selfis. Aún así, en un momento más o menos largo de la obra nos demuestran que también pueden hacer teatro al uso. Escenas cortas de dos mujeres atrapadas en un ascensor, cómo va cambiando su estado de ánimo, cosas que pueden sucederles. Pero la esencia está en ese directo, en ese fluir de verborrea chispeante, en los gestos, en las voces atipladas, en tenerlas cerca y palpables, no en una nube ni como sirenas que no pueden verse. Y podemos verlas en el Umbral de Primavera.  
Habrá quien se quede con la impresión de una comedia hilarante, divertida, diferente, sin mayor trascendencia en sí, pero tiene una gran carga crítica, una visión acertada y lacerante de ese mundo que cada vez se extiende más donde comunicarnos será a través de aparatos electrónicos aunque tengamos al receptor justo enfrente.

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