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Está claro que en esta vida donde nos damos tantos batacazos, hay tantos deslices, desencuentros, proyectos frustrados, relaciones echadas a perder,… que en el momento en el que algo va medianamente bien, hay que aprovecharlo, Si la cosa funciona.

Quien habla de esta manera, en realidad es Boris, encarnado en José Luis Gil, un hombre desencantado de la vida, poco dado a fruslerías, poco motivado en la comunicación humana aunque presuma de cultura y de conocimientos sobrados. Su razón de ser es la soledad, la introspección, el malhumor, aunque sentido del mismo no le falta, y abocado al pesimismo casi innato.
Pero la virtud de esta obra, guion escrito por Woody Allen hace varias décadas, es que lo hace desde una perspectiva divertida. Como ironizándose a sí mismo. Y así lo entienden director, Alberto Castrillo-Ferrer, y actores, que dotan de comicidad y complicidad con el público los malos augurios del protagonista.
José Luis Gil, haciendo guiños al público, al propio Allen y a sí mismo, interpreta un personaje no excesivamente exagerado en su pesadumbre ni tampoco en su faceta humorística. Engancha rápidamente con el espectador. Por su desvalimiento y su gracejo. Por su egocentrismo y sus gestos bien medidos.
Los demás, Ana Ruiz, Rocío Calvo, Ricardo Joven y Beatriz Santana, también le dan la réplica con acierto.
Y la historia se convierte en un inicio de nuevas expectativas, en un renovado reconocerse y admitir que Si la cosa funciona hay que ir por ese camino. Aunque después volvamos a comprobar que no todo es para siempre. Que el cauce vuelve a su sitio. Pero otros encontrarán su verdadero destino, lo que tenían agazapado sin saberlo, o que se puede comenzar desde cero y volver a intentarlo, olvidándose de prejuicios y convencionalismos.
Comedia agradable de ver, que funciona, que deja ese poso de reflexión, esa pizca de humor y ese buen oficio teatral que con estas obras sale favorecido.

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