palabra-malditas
Es un tiempo de lluvia. Un tiempo nefasto de esconderse, de decir las cosas con prudencia. De separaciones forzadas por culpa de las ideas.
Es un tiempo de sacarse las castañas del fuego, sabiendo que estas queman. Es un tiempo de soledades y con las soledades vienen las palabras.

Palabras que ayudan a mitigar el dolor o a acrecentarlo si alguien indebido las encuentra. Mientras tanto, calientan. Acompañan. Forjan vínculos, liberan. Aunque al final estén malditas y no puedan librarse de la desgracia.
Esto es lo que les pasa a Vicente y Clara. Un no tan viejo profesor de francés, cuyo delito es amar a quien en esa época, la posguerra, no se concebía en las mentes preclaras. Como le pasó a Lorca, a Cernuda, a tantos poetas. Y a Clara, que se tiene que ganar la vida con su cuerpo, porque su alma es también de la poesía, de las palabras.
Palabras, siempre las palabras. Benditas las palabras. La palabra que necesita Ermita, la regente de la pensión donde habitan, a través de cartas para mantener la ilusión y la esperanza de que a su hijo no le pase nada.
Los tres con sus soledades, los tres con su propia desgracia. Ninguno saldrá con bien. Porque son Palabras malditas que hay que pronunciar en voz baja. Pero debe quedar Clara para dejar constancia y hacer justicia aunque tenga que pasar medio siglo de voces calladas.
Magnífico el texto y la dirección de Eduardo Alonso en la Sala Margarita Xirgú del Teatro Español. Solvente en su estructura dramática. Y los actores, perfectamente adecuados, Sara Casasnovas, sensual, joven, pero con toda la carga emocional de un personaje que tiene que hacer frente a la vida. Miquel Insua, bien acoplado a su personaje, sobrio, temiendo mostrarse excesivamente sensible. Luma Gómez, adaptada a dos personajes tan distintos y tan bien ejecutados.
Obra dura que no deja indiferente. Obra poética. Obra amarga. Obra con esperanza de que las palabras, a la larga, sí valgan, y denuncien, y enamoren, y sean libres de contar lo que pasa.

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