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Desde el colegio ya se estudia La Comunicación como un proceso donde un emisor lanza un mensaje a un receptor a través de un código y un canal, en un contexto determinado. Si algunos de los elementos de la Comunicación falla, el proceso se rompe y ya no puede haber comunicación satisfactoria.
En La Puerta de al Lado de Fabrice Roger-Lacan, que se representa en el  Teatro Marquina, hay dos personajes que intentan comunicarse porque están solos, porque necesitan amar y ser amados o, por lo menos, medianamente comprendidos, ser tenidos en cuenta. Pero la comunicación desde el principio falla.

Fallan los emisores y, por ende, los receptores, que son, mutuamente, cada uno cada cual y cada cual cada uno, porque, en principio no quieren ceder en su mensaje. Que también hace aguas, ya que lanzan sus propias señales de humo sin atender a lo que nos quiere decir el otro. El código, siendo el mismo, difiere en la cultura, en la apreciación de las cosas, en las costumbres individuales, en los intereses personales. Y el canal, que es la voz y el gesto, también está distorsionado. Se diría que cuando uno habla en voz alta, la otra susurra y cuando ella es sensual y atractiva, él no se da cuenta. Solo el contexto es el mismo. Dos apartamentos contiguos, el mismo descansillo, el mismo espacio vital, aunque lo usan como si hubiera una distancia insalvable de kilómetros.
Visto así, la comedia no dejaría de ser una comedia normal, con una historia cotidiana de desencuentros y malentendidos. Pero Sergio Peris-Mencheta realiza una puesta en escena muy original, adapta unos diálogos ágiles y chispeantes, y dirige a unos actores perfectamente colocados en su sitio, por credibilidad y buen oficio. Ella, Silvia Marsó, se muestra segura, aunque su personaje esté cargado de dudas, de soledad, de necesidad de compañía. Finge, y lo hace muy bien, ante él, Pablo Chiapella, que necesita lo mismo, pero disimula haciendo ver que no le afecta, cuando está totalmente perdido. Hablo de los personajes, naturalmente, porque actor y actriz manejan a la perfección su cometido, sus criaturas indefensas y necesitadas de cariño, aunque no quieran reconocerlo.
En la obra subyace también el tema de la interconexión vía internet con otros individuos; en el tiempo de la virtualidad buscamos relacionarnos con desconocidos sin cuerpo cuando tenemos cerca personas reales, vivas, de carne y hueso, con las que, quizás, no intercambiemos ni un saludo.
Me pareció estupendo el acotador/medio narrador y a la vez músico, Litus, que nos introduce y nos saca de las situaciones del interior de cada uno. La escenografía también es notable, atractiva y funcional, con esa pared invisible en medio tan difícil de traspasar y que impide, no existiendo, ver y ser visto.
Sin ser una comedia jocosa de carcajadas exageradas, la función tiene todos los ingredientes de un buenísimo espectáculo: es divertida y tiene su trasfondo dramático, está bien dirigida, tiene unos diálogos frescos y sentidos, la interpretación es sobresaliente,… es decir, no puede fallar el proceso de comunicación entre obra y público.  

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