Hay en La soledad del paseador de perros de María Velasco, que se presenta en La Cuarta Pared, un drama humano que va atado con un collar de perros. Es un texto eminentemente poético. Y desgarrador. Y profundamente emocional. Y como tal, salta de un sentimiento a otro, y habla de soledad, y de depresión, y de búsqueda de identidad, y de malos tratos, y de amor y sexo, de esperas (no de esperanzas), de sumisión, de acechanzas, de vísceras, de deseo.
Para eso sirven los talleres dramatúrgicos, para experimentar, para no ponerle puertas al campo, para extraer del interior todo aquello que nos remueve los intestinos. María Velasco es valiente con este texto. Se ofrece y nos muestra todo su potencial inmenso. Rompe normas y nos cuenta sentimientos. No hay un argumento concreto. Hay personajes perdidos, perros sueltos, dependencias de unos con otros, aprendizaje mutuo.
María Velasco no muestra escrúpulos. Si hay que hablar de represión se habla, de violencia, pero también de amor, de compañía, de necesidad afectiva.
Y los actores se muestran dispuestos. Bien dirigidos, como buenos perros sumisos. ¿No somos todos los que trabajamos para otro, la voz de su amo? Hacemos lo que nos dicen, vamos donde nos indican, comemos lo que nos ponen, dormimos, seguimos las normas que nos dictan sin habérnoslas dicho. Por eso este texto quiere romperlas, quiere decirnos que estamos vivos, que no nos amordacen, que no nos saquen a pasear cuando los próceres digan, que, al menos, mantengamos nuestros deseos vivos, aunque la realidad sea muy distinta.
No será fácil que se comprenda este arriesgado texto, porque rompe estereotipos, y habla poéticamente de dramas emocionales y de actos muy íntimos. Pero es necesario que existan, para comprender que lo humano puede devenir en animal y lo animal en divino.

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