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Si vas a ver No tengas miedo al teatro Infanta Isabel asegúrate de ir acompañado de alguien que no sea miedoso. Porque entre el miedo que nos intentan provocar y el miedo que pasará tu pareja, estarás en un sin vivir durante una hora y media. Todo serán sobresaltos, estar con los cinco sentidos alerta, esperar que por cualquier lado te salga algo inesperado.

Eduardo Aldán consigue algo tan difícil como provocar el miedo, o algo parecido, angustia, resquemor, alarma, sobresaltos, desconfianza,… conjugado con alguna parte más distendida que provoca cierta hilaridad, que hace que soltemos una risa nerviosa, que no es otra cosa que la risa provocada por el miedo.
Y no es nada fácil. Pero lo logra. Con una cuidadísima puesta en escena, con un guion más que solvente, y una interpretación sobresaliente. Empezando por José Lifante, acertadísimo conductor de la presentación. Se hace cercano siendo misterioso. Mitad conferenciante-psicólogo que nos dará algunas lecciones de las diferentes clases de miedos, fobias y repulsiones, nos pondrá en antecedentes de historias reales sucedidas hace tiempo, y mitad personaje a su vez enigmático, y un poco fantasmagórico. Su interpretación será de una elegancia extrema, con su voz envolvente y su presencia inescrutable.
Patricia Delgado nos creará una angustia vital cotidiana y conocida. La del personaje que está solo en un ambiente de tormenta, donde aparecen sombras y ruidos de procedencia incierta. Donde estás atrapado sin posibilidad de huida y sabiendo que alguien desconocido te acecha.
Ricardo Mata nos llevará a una vieja pensión de sombras, ruidos, voces a través de paredes, pesadillas, imaginación desbordada de lo que ocurre fuera.
Raúl Escudero ante un trabajo rutinario y solitario, se verá acompañado de otras presencias, de maniquíes y muñecos que parecieran vivos y no precisamente para juegos.
Los tres contribuirán a crear esa angustia de temor, de no estar seguros, de estar siempre alerta. Mientras no dejas de observar sombras reales que se mueven por el patio de butacas, sonidos, grititos, parejas que se cogen de las manos para intentar superar esta inocente prueba.
La grandeza de Eduardo Aldán y su equipo es conseguir que en el teatro, donde todo se sabe mentira, consiga mantenernos en tensión, con algo tan complicado como el miedo sugestivo. Porque el miedo es silencio, es oscuridad, es sorpresa. Y con una buena iluminación, con las palabras aviesas de Lifante y las sorpresas que no lo son porque se esperan, hacen que pasemos un rato desagradable pero amable, morboso pero entretenido, sobrecogedor pero tranquilizante de saber que es buen teatro en escena.   

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