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Siempre he admirado aquellos textos que saben contar con humor los temas más escabrosos. Estar sonriendo, o riendo abiertamente, mientras por dentro estás pensando en la crudeza del tema que se trata, en la dureza de ciertas situaciones, en el horror de algunos personajes, en la denuncia de abusos sociales, de las relaciones personales, en el principio de autoridad, en la tiranía del poder, en la explotación de los más débiles,… me resulta harto difícil y sumamente inteligente.

Heidi Steinhardt con El trompo metálico consigue esta dicotomía. Por un lado nos presenta tres personajes muy distintos entre sí, aunque parezca que juegan a lo mismo. El padre excesivamente autoritario, el tirano de la unidad familiar, el hombre que se considera aristocrático casi por la gracia divina y todos los que están por debajo no valen nada, el protervo racista a la par que depravado y hostil, el perfeccionista de sus propias reglas. La hija sometida, sumisa y, lo que es peor, atemorizada, maltratada psicológica y físicamente, que por mucho que se esfuerce nunca llegará a alcanzar los objetivos que le proponen porque no les interesa. Solo puede salvarle su razonamiento, su sensibilidad, su inteligencia. Y la madre inculta pero a la que le gusta aparentar, también subordinada a la crueldad del padre, pero que prefiere aliarse a él para no salir perjudicada, y que se refugia en la bebida para intentar mitigar tanto los actos propios como los ajenos. Y, por el otro lado, los temas que se plantean, drásticos, contundentes, violentos, como el comportamiento claramente nazi, las reglas severas, el impedimento de la emoción y el acto de cercenar los sentimientos, la mal entendida culturización y acopio de conocimientos simplemente para ser los primeros, los mejores, la pederastia, la vejación, el desprecio por los más desfavorecidos, la sofisticación de las apariencias…. Si no fuera por esas gotas de humor, por esos diálogos algunas veces rayando con lo absurdo, por esa mirada perspicaz, ingeniosa y aguda de su autora, tendríamos una losa en forma de drama en la escena.
Pero Heidi Steinhadt, que además dirige pulcramente y al milímetro a los intérpretes, nos lo presenta ameno, y duro, divertido y trágico, ágil y tremendo. Y los actores están espléndidos. Desde Anabel Alonso, que dibuja un personaje grotesco, perdido, marioneta, disparatado, irracional,… perfecta en su cometido. Y Marina Cruz, con todo su drama a cuestas, tiembla, lo sufre, lo vive de cerca, incluso sin palabras, con su mirada sola, sabremos por lo que está pasando, inmensa. Y Jesús Ruyman, interpreta sin resquicios a su déspota personaje, lo hace odioso, opresivo, terrible, inhumano. Magníficos los tres, magnífica la puesta en escena.
Teatro del Arte, teatro del bueno, del que hay que ver, sentir, disfrutar, sufrir, deleitarse, regocijarse que exista, de que no dé siempre las mismas vueltas como un trompo metálico que gira egocéntricamente en una sola dirección. Esta peonza teatral merece que se lance muchas veces y que ustedes la vean rodar, porque logra enganchar la comicidad y la pesadumbre que suelta.

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