Soy escéptico en lo que se refiere a la magia, a los juegos de manos, a la ilusión óptica, a lo sobrenatural o, simplemente, a lo inexplicable. Y como tal, entro un tanto descreído al nuevo espectáculo de Jorge Blass, que estará en el Teatro de La Luz Philips Gran Vía durante cuatro semanas.
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Jorge Blass, nada más empezar, nos pone en antecedentes de que su vida desde que era pequeño, su pasión, su trabajo, es ser Mago. Nada más y nada menos. Mago. Y nos promete, Palabra de Mago,  que no nos va a engañar, que lo que veremos y dejemos de ver es producto de nuestra imaginación y de su habilidad de encantamiento.  
Siendo desconfiado como soy, intento pillarle en algún número. Imposible de todo punto. En algunos me supongo, en mi fuero interno, cómo lo habrá hecho, pero lo cierto es que me sorprende en cada juego.

Y me entretiene. Y me distrae. Y me hace reír. E, incluso, llega a emocionarme.
Él afirma que utiliza los viejos números clásicos desde una perspectiva actual, del siglo XXI. Y así es, en parte. Efectivamente, realiza los viejos trucos clásicos que todos nos sabíamos de memoria y que nunca pudimos saber cómo estaban hechos. La cartas que aparecen en sus manos de la nada, la mujer a la que corta por la mitad, el personaje marioneta que saca pañuelos, los aros que se engarzan y se sujetan por sí solos, la chica que levita sin sujeción y encima después desaparece… es verdad que los dota de una impronta más dinámica y personal, más divertida, pero son los mismos de toda la vida. Es cierto que también juega con las nuevas tecnologías, los teléfonos móviles, la tablet,… que compagina con una pizarra de escuela de siempre, con un pájaro metido en una jaula, con un príncipe en el naipe que se convierte en rana… Todo de una manera limpia, claramente a la vista, y haciendo participar aleatoriamente al público de la sala.
Ahí es, para mi gusto, donde gana la partida. Donde nos encandila y nos distrae y nos envuelve en una ilusión de fantasía. Desde el principio baja al patio de butacas, interactúa con el público, sean niños o mayores, nos hace partícipes de sus juegos, improvisa, está atento a los comentarios en voz alta, y consigue que todos hagan su prestidigitación con  cuatro cartas que nos dan a la entrada. A la gran mayoría nos sale, y mostramos nuestra satisfacción, porque quien no lo ha conseguido comenta que, posiblemente, no lo hayan hecho bien. No le echan la culpa al mago en ningún momento. Hemos sido nosotros los que hemos llevado a buen término el truco, o la habilidad, o el ilusionismo. Eso es lo que consigue Blass. Alucinarnos, más que ilusionarnos. Deslumbrarnos más que creérnoslo.
Salgo del teatro, quizá, igual de escéptico pero más contento. Un poco fastidiado por no haberle podido coger en ningún fallo, pero pensando que no nos ha defraudado, que ha cumplido su Palabra de mago.

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