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“La verdad os hará libres”, ya se decía en el evangelio de Juan 8:31-38, ya que el desconocimiento o la mentira o la culpa o los remordimientos no nos dejarán descansar jamás. Porque quedarse las cosas dentro es alimentar la mala conciencia, es impedir una libertad de acción, es corroerse en vida.

En Memoria o Desierto Ignasi Vidal nos coloca en una situación cotidiana y frecuente: el velatorio de un hombre mayor con tres hijas. Las hermanas, por circunstancias que iremos conociendo poco a poco, no han tenido mucho contacto últimamente entre ellas. Con gran habilidad textual, y también en la dirección, irán desgranando las circunstancias personales que las separaron. Ignasi Vidal consigue que sus tres protagonistas saquen a flote toda la mierda que llevan dentro por culpa de un padre que no podría tener amigos aunque se lo propusiera. Y lo hace con un desgarramiento total, con la crudeza de unas relaciones que se rompieron y ahora salen a flote, con todas las lágrimas contenidas en el corazón durante excesivo tiempo. Menos mal que, de vez en cuando, lo salpica de unas gotas de buen humor, con la naturalidad de tres mujeres aún con muchas ganas de vivir, porque si no la presión sería insostenible.  Y es cuando surge la tesitura de haber puesto tierra de por medio, el desierto, la distancia, el desamparo de la soledad, o preferir la memoria, la verdad, la libertad de quitarse un peso de encima.
Las tres actrices están impresionantes. Ana Rayo (Magda), sobria, seria, acumulando bilis, negando hasta ese momento la evidencia, reprochándose a sí misma una esclavitud que no se merecía, muestra su agarrotamiento con total verosimilitud, sin haber podido establecer alejamiento físico es la que más memoria tiene y la que menos se atreve a demostrarlo. Ana Otero (Natalia) la ayudará en la tarea. Ella sí eligió el desierto, pero no puede obviar lo que sabe. Ahora que ha vuelto y ya no tiene la espada de Damocles encima es la que se decidirá a sacar los trapos sucios, a sincerarse en cuerpo y alma, a no permitir que un padre que ya no existe le siga amargando la existencia. Con una credibilidad desbordante nos pondrá la piel de gallina al oír de sus labios la confirmación de un monstruo en el seno de la familia. Y Marian Aguilera (Cata), con la frescura inocente de la ignorancia y el deseo de que sus hermanas se lleven definitivamente bien. Natural, sencilla, espontánea, abierta, llana, nos seduce desde que sale a escena. Tres personalidades con calidad, dejándose las entrañas en el empeño. Magníficas.
Y, mientras tanto, una historia amarga. Un recuerdo hiriente por no decir mortal. Tres soledades perdidas que se necesitan para construir un único abrazo. Tres grandes intérpretes, una gran obra, una excelente producción.

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