¡Chist!, silencio, Les Luthiers están de nuevo en el escenario, se apagan las luces para encender el talento.
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Los seis intérpretes se alinean para recibir un aplauso sin haber empezado el espectáculo. Es la ovación por todos los anteriores montajes, por lo que son y por lo que han sido, por lo que nos espera y por lo que intuimos. Y no nos defraudan, y no nos aburrimos, y quisiéramos ser como ellos, y vernos tan elegantes como ellos, y ser tan buenos músicos como ellos y tener tanto ingenio como ellos. Pero nos conformamos, que no es poco, con admirarlos, con reírnos, con disfrutarlos, con acompañarlos desde nuestro asiento testigo.
Les Luthiers juegan con el lenguaje acertadamente y sin desatino, juegan con los diferentes tipos de música y sus cánticos, con situaciones no tan inverosímiles pero sí ácidas, críticas, de segundas intenciones, de ver a la sociedad desde el punto de vista divertido.
¡Qué venturosa inocencia la del mal llamado cantante Manuel Darío que escribe una canción que ni él mismo entiende! O el gran acierto de ir intercalando una historia, La Comisión, en diferentes partes para dejarnos con el regusto de cómo acabará y si podrá, por fin, el maestro Mangiacaprini cumplir el encargo de modificar el himno patrio a gusto del poder político. Y así, entre madrigales, óperas, cantos gregorianos e, incluso, rap y boleros, los seis maestros, sin perder un ápice de su elegancia estilística, verbal y musical, hacen que si no nos estamos riendo abiertamente, tengamos una perpetua sonrisa en la comisura de los labios.
Suenan bien. Les Luthiers suenan bien en las palabras tergiversadas y con doble sentido, en los giros lingüísticos y en los juegos de palabras, en las poesías declamadas, en las lecturas introductorias, en los diálogos frescos. Y suenan bien en la ejecución de instrumentos musicales reales e inventados, en las voces cantadas, en los variados ritmos.
No tienen necesidad de exagerar ni los chistes ni los gestos. Se muestran como perfectos caballeros de ensalzadas figuras, como aristócratas del humor, como ingeniosos nobles sandungueros. Son donosos, agudos, certeros.
Mantienen el ritmo musical y el ritmo de cada número, nos mantienen todo el tiempo satisfechos, con el buen humor henchido de poder verlos. Cuando salgamos se lo contaremos a nuestros amigos, a nuestros vecinos, y tendrán envidia, pero no sabremos contarlo bien y, entonces, acabaremos diciéndoles: tenéis que verlos.

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