vida-de-galileo
Que los científicos de todos los tiempos han tenido que luchar contra las creencias imperantes y con el inmovilismo político y con el temor a las innovaciones, lo seguimos constatando en nuestros días, con las pocas ayudas oficiales que hay a la investigación, con la fuga de cerebros constante, con el menosprecio por los nuevos descubrimientos.

Bertolt Brecht, aunque no llegó a ser científico, sí fue un hombre inquieto, curioso, algo rebelde, inconformista, que también tuvo que vivir en primera persona la persecución, la crítica y el exilio como castigo. Quizá por eso Ernesto Caballero quiere hacer una simbiosis entre el personaje de Galileo, el propio Brecht y el intérprete Ramón Fontserè. Creo que es un acierto. Lo único que hace es poner en práctica la teoría del autor de evitar la catarsis y que se produzca un fenómeno de cierto distanciamiento para poder analizarlo desde una mejor perspectiva.
También es un buen punto de inflexión no partir de un escenario a la italiana y crear un espacio circular, que da vueltas sobre sí mismo, sin adornos ni decorados superfluos, que ilustre de mejor forma la teoría de Galilei y que le sirva de pizarra, de estudio, de mundanal ruido y de universo. El vestuario en negro y neutro de todos los personajes nos sugiere varias lecturas: la opacidad de la inquisición, las sotanas que priman en los personajes eclesiásticos, la oscuridad de la noche para que brillen las estrellas (los actores), el poder interpretar varios personajes sin necesidad de muchos cambios estéticos, la peste que acaba con todo, la época de guerra en la que se escribe la obra, la soledad del personaje principal cuando se ve obligado a retractarse de sus hallazgos.
Y después, o antes, la dirección de Caballero. Sin sutilezas, directa, dinámica, medida, trabajada hasta el mínimo detalle. Y la interpretación, elegante, bien pautada, narrativa, cuando estamos a punto de sentir emoción, nos la cortan, para que no nos impliquemos demasiado pero lo veamos con ojo crítico, pero cercano, sin sentimentalismos pero con el justo sufrimiento, algunos silencios, muchas miradas, enormes tonos de voz y grandeza en las palabras.
Destacar, como no, al gran Ramón Fontserè, atrayente con su sola presencia, carismático como requieren autor y personaje, Brecht y Galileo. Y después todos los demás, que no le van a la zaga. Tamar Novas, en el papel de Andrea, su discípulo incondicional, dándole la sensibilidad necesaria, la admiración justa, la curiosidad de un niño. Macarena Sanz, la hija de Galilei, que por ser mujer tendrá que sufrir la frialdad del padre, interpretada con un cariño extremo, con una certera carga de respeto, con una genuina ingenuidad única. Alfonso Torregrosa, sobrio y sereno, ponderado, equilibrado, acorde a los variados personajes que le toca interpretar. Chema Adeva, prudente y contenido, indispensable, necesario. Paco Ochoa, Paco Déniz,… por citar solo a unos cuantos, todos involucrados, todos brechtianos, todos bien afianzados.
Que no pare este montaje de dar vueltas en el centro de nuestro mejor teatro.   

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