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Cuando creemos que llevamos una existencia anodina y sin sobresaltos, más o menos vulgar, o sin alicientes, cuando nos vemos obligados a realizar trabajos invariables y tareas rutinarias, cuando, además, hemos tenido que renunciar a proyectos de vida personales, o salir a buscar un futuro, al menos, distinto, cuando nos hemos habituado a ese interregno involuntario entre lo que pudo ser y lo que no será nunca,… de repente, aparece una persona, surge de no se sabe dónde, un aliciente nuevo, un revulsivo humano, una luciérnaga que nos aporta una luz distinta, que hace que cambie nuestra precepción de las cosas e, incluso, nuestras acciones posteriores cojan otros derroteros. Cuando ya no hay que dar vueltas en sentido contrario al mundo para ver si recuperamos el tiempo.

Luciérnagas, de Carolina Román, es un texto fresco y duro al mismo tiempo, real y sensible, pausado y enérgico.
Una mujer, con sus temores, con sus soledades, con su carga emocional profundamente dañada, llega de casualidad a una casa donde habitan y conviven dos hermanos, solos, el pequeño dependiente del mayor, unidos por la ausencia, mutuamente necesitados pero con cierto aire opresor que se traduce en pesadillas y en precariedad social. Todo será distinto desde entonces. Esa persona, Lucía (de luciérnaga) o Gigi, entra para quedarse. Y lo transforma todo. Y lo ilumina todo. Aunque ella necesita también la luz de la comprensión, y la amistad, y ternura, y un lugar cálido para poder arraigar y hacer fértil su sentimiento porque está cansada del viento que la lleva a pantanos y humedales de lágrimas saladas.
No vi en la anterior temporada a la actriz que interpretaba este personaje, pero Carmen Gutiérrez le da la refulgencia necesaria, la alegría, la claridad y la calidad humana que hace que la entendamos, la compadezcamos también, la necesitemos como Julio y Álex se necesitan entre ellos. Julio, interpretado por Jaime Reynolds, contenido como requiere su personaje, terriblemente acuciado por la responsabilidad, inmensamente sensible, perfecto en sus tonos y en sus anhelos. Y Fede Rey, difícil papel el que le toca, pues tiene que interpretar en un cuerpo adulto un muchacho que se quedó estancado en los siete años, capaz de hacernos ver que no es tan inocente como parece y sí es tan infantil como no lo parece.
Emocionante, emotiva, con el ritmo adecuado, ágil a veces, pausado otras, y salvando bien los diferentes espacios en los que se desarrollan algunas escenas. Una historia sin héroes grandilocuentes, una historia de tremendas frustraciones y de pequeños logros, de luchadores de la supervivencia, de grandes corazones. Teatro del bueno. Teatro del Arte.

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