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Nunca mejor elegido el título de esta tragicomedia como indican en el programa y la publicidad de la misma. Las Princesas del Pacífico lleva en su connotación una declaración de intenciones y especificación de lo que ocurre.

Dos mujeres, que bien podrían ser princesas, ¿por qué no?, viven en su mundo aislado, personal, ajeno a los demás sin acabar de despegarse. Ven la realidad a través de la televisión y quieren formar parte de esa sociedad que les niega el derecho, el pan y la felicidad convencional. Estas princesas no buscan su príncipe azul, la gente es ‘mu mala’, pero no quieren ser las más desgraciadas, ni las que más pena den, ni las más rechazadas. Quizás no sean las más guapas, pero ellas se ven hermosas, quizás no dispongan de medios económicos pero les hace falta muy poco, quizás no esté todo perdido. Magistralmente interpretadas por Alicia Rodríguez y Belén Ponce de León, rápidamente nos meten en su corazoncito. Se hacen ‘de queré’ por sí mismas, por su desvalimiento, por su gracia y por sus desgracias, por su humor escabroso y desternillante, por su terrible soledad y su drama interno que llevan como si no pasara nada. Representan con logradísimo acierto el esperpento de lo grotesco aunque no tanto de lo absurdo, porque podríamos encontrar sin rastrear mucho, personas que se han creado su propio entorno en defensa de la depredadora sociedad. Hasta en el lenguaje hay desaliño y desgarro. Es un sainete de realidad deformada y de pesadilla cierta.
Del Pacífico, por su doble significado. Son mujeres pacíficas, por su sosegado espíritu, por su sereno existir, por su reposada relación de náufragos en isla desierta, aunque si es necesario sacar el carácter y poner las cosas en su sitio, se eliminan las dudas, las ofensas y las provocaciones y aquí no ha ‘pasao na’. Y del Pacífico, porque lo que ellas creían que sería un viaje por el océano soñado se convertirá en un desasosiego del que hay que salir cuanto antes.
Con dramaturgia de José Troncoso, también director, Sara Romero y la propia Alicia Rodríguez, que interpreta el personaje de la tía, nos cuentan esta historia bipolar de humor y de tristeza, de quietud y de acción, de optimismo y depresión, de amargura y alegría, de soledad y compañía mutua.
Sin escenografía, a pecho descubierto, tan solo con la presencia de las dos actrices y dos maletas, nos llevan consigo hasta su miserable casa, hasta el cutre ‘caramote’, hasta la cubierta donde dejaran volar sus sentimientos y pensamientos, hasta su destino impensado que será como volver al principio para “pasar un año más, o menos, según se mire”.
Esta obra se hace tan necesaria como recibir un premio.

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