Que a pesar de estar ya en el avanzado primer cuarto del siglo XXI, o precisamente por eso, tengamos que ir a la búsqueda y captura de una ocupación digna, más o menos bien remunerada, que no nos obsesione hasta el punto de perturbarnos, que no nos veje, que podamos disfrutar o, como mínimo, que nos haga sentirnos útiles, debería producir sonrojo en los gobiernos, vergüenza en el sistema económico del país, planteamiento de soluciones a medio plazo.
Pero que las listas de desocupación de empleo (eufemismo de paro, que suena más estridente) fluctúen con trabajos temporales, se cubran con puestos rechazados por una inmensa mayoría y deban aceptarlo los desesperados (algo es algo), oferten (sí, ¿por qué no decirlo?) trabajos de mierda o basura o ridículos, se ha convertido en algo tan cotidiano que ya ni siquiera nos indignamos. Al contrario, la compañía La Calórica aprovecha el tema para sacarle rédito, humor, ironía, crítica, realidad. Y tienen mucho que contar.
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Nos presentan un montaje con algunas de las cientos o miles de historias que podrían ilustrar tan consabida lacra social. Parten de un artículo de David Graeber, antropólogo norteamericano, Sobre el Fenómeno de los Trabajos de Mierda, pero podían haberse inspirado en el vecino de enfrente, en un familiar, en cualquier parado (antes trabajador), en los despedidos por ERES maquillados, en la búsqueda del primer empleo por parte de los jóvenes.
Y por eso, Joan Yago, como dramaturgista, aporta, imagino, su experiencia y lo que le han contado y, entre unos y otros, conforman estas historias hilarantes, verídicas, tristes y cómicas a un mismo tiempo, lacerantes, humillantes, necesarias, terribles, basadas en hechos excesivamente reales.
Efectivamente, ¿quién no ha tenido un trabajo de mierda?, nos preguntan a la salida del espectáculo. Nadie se libra. Pero todo debiera quedarse en simple anécdota si no fuera, desgraciadamente, nuestro pan de cada día. Pan que se ha quedado duro y del que solo nos ofrecen las migajas.
Todos los actores están espléndidos en su interpretación tanto gestual como verbal. Quizás la profesión de actor, titiritero, comediante, artista, farandulero, mimo, payaso,… sea de las que más trabajos de mierda tenga que acometer hasta encontrar el camino del reconocimiento, porque no hay estabilidad, hoy represento esto, mañana dios y los espectadores dirán, ahora estoy aquí, pronto estaré allá. Y por eso, para subsistir, en demasiadas ocasiones malamente, tienen que hacer de camareros, de vendedores, de vigilantes, de figurantes, de cuidadores, de pasmarotes,… y hasta de poetas, que es el oficio más descabellado que te puedas echar al cuerpo y al alma.
Alabémosles como se merecen porque si a estos profesionales de la escena se les pudiera remunerar con aplausos se habrían hecho de oro en un “plas plas”.  

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