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Bueno, pues yo creo que voy a hacer otra lectura distinta a la de otros colegas de la obra Los diablillos rojos de Eduardo Galán y Arturo Roldán. Ni mejor ni peor, desde otro ángulo. Quizás me equivoque, aunque con el subconsciente nunca se sabe.

Se nos presenta este montaje como basado en un hecho real. Y no lo dudo. Se unen para darle forma de escritura dramática, un médico psiquiatra y un dramaturgo experimentado, Arturo Roldán y Eduardo Galán.  Y como el mundo del psicoanálisis y el mundo teatral están llenos de fantasmas, de fantasía, de sentimientos encontrados, de misterios, de represiones, de confusas personalidades, les sale, no ya una historia real con dosis prescritas de humor, sino un cuento.
La protagonista es una mujer sola (Beatriz Carvajal), abandonada psicológicamente, con una sensación física de sequedad que va buscando una salida. No es una princesa, es una plebeya harta de la vida. Y se inventa unos diablillos que la hacen disfrutar, que la tienen en cuenta, que la miman. Pero no se puede tolerar esta desfachatez de felicidad y la encierran. En ese castillo idílico pero represor se encuentra con un alma en pena (Juanjo Cucalón) condenado a vagar con su grillete y su bola, metafóricamente hablando,  para no echar a volar cual Pegaso tímido y solo podrá liberarse cuando encuentre un corazón puro como el de Toñi, la mujer de los diablillos. También aparece Sandman o el hombre de los sueños en forma de psiquiatra (Sergio Pazos – Doctor Caballero) que quiere echar arena en los ojos de la paciente Toñi para que de esta forma sus sueños empiecen a ser más reales. Es juguetón, infantil, divertido, travieso, pero certero en su diagnóstico y sabrá aguardar con paciencia el resultado final así como sabrá guardar con apariencia sus líos con la doctora en prácticas (Montse Pla), la más coherente y real de toda esta historia, aunque algo perdida en el laberinto de los sentimientos.
Visto así, los dibujos de los diablillos de José Gallego no me resultan tan chirriantes (aunque estupendos), porque si lo veo desde el punto de vista de hecho real no me hacen falta.
La interpretación general está bien medida y pautada por Francisco Vidal, el director, aunque destaca notoriamente la de Beatriz Carvajal, nada exagerada pudiendo haberla llevado por otros derroteros más histriónicos. Es de agradecer.
Por último, el tema de la obra nos invita a reflexionar sobre aquellas personas que sufren (si se dan cuenta) problemas psíquicos y terapias de prevención, apoyo, diagnóstico y rehabilitación entre medicación y otras medidas clínicas. Quizás lo único que necesiten es amor.

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