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Realizar, a estas alturas, una adaptación de un texto clásico tan conocido como El Enfermo Imaginario de Molière, es un riesgo no exento de audacia y osadía. Hemos visto ya tantas versiones, tantos cambios, tantos tejemanejes, que uno duda si lo que se va a encontrar será un fiasco o una lectura respetuosa de un argumento y unos personajes archiconocidos.

Sin embargo, la Compañía Trece Gatos, de la mano de su director, Carlos Manzanares Moure, ve este divertido texto aún más entretenido si cabe, auscultándolo con el fonendoscopio de la risa, aplicando el marcapasos del ritmo frenético, poniéndole apósitos para que no se desangre y se vaya patillas abajo.

Sitúan la acción a mediados del siglo pasado en un ambiente de un café teatro parisino,  como no podía ser de otra forma. Dotan a la obra de un maestro de ceremonias o presentador omnisciente, a modo de un moderno Molière, que nos irá aclarando las vicisitudes de este Argan hipocondriaco y con el síndrome de Münchhausen (aunque este barón del que recibe el nombre la enfermedad nació cien años después que Molière). Nos cuenta también, cuando no tiene que hacer de Diafuagrás, adaptación también del nombre, las relaciones entre unos y otros, las pretensiones, los intereses, las inquietudes, de unos personajes alocados, un poco desquiciados, un mucho divertidísimos.

José María Mora como Argan no exagera su interpretación y podría hacerlo sin miedo al histrionismo. Pero es comedido, como mal enfermo, se le nota sano pero perturbado por su obsesión clínica y da el punto justo de fiebre sin alarmismos. Raquel León dibuja una Belina lejos del canon clásico al que estábamos acostumbrados. La hace menos arpía, más humana, más simple, menos retorcida, despistada y compleja, eso sí, pero también se hace querer y llena el escenario con su sola presencia. Ángeles Laguna en el personaje de la criada fiel y avispada, que realmente vela por su señor y por su hija, que comprende el ardid de la segunda mujer y la conoce bien, nos ofrece un entrañable ser humano encantador, graciosísimo, auténtica alma de la Compañía. Andrés Barahona nos conduce con elegancia y desparpajo a lo largo de toda la función y desempeña su cometido con gran soltura y disfrute, suyo y nuestro. Los demás actores y actrices también están de sobresaliente, siguen el ritmo, las pautas, de esta ágil versión y se nos pasa el tiempo sin sentir, con la terapia de la risa en los labios, con la medicina del buen teatro.

El enfermo imaginario posiblemente no se cure nunca porque no quiere hacerlo y vive feliz cuando le prestan atenciones y medicamentos; pero este Enfermo teatral de Trece Gatos ha mejorado sustancialmente y presenta síntomas de gran éxito.

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