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Un mundo solo de hombres estaría abocado a la destrucción. Y hubiera sido un mundo desordenado, sucio, caótico. Claro, un poco como ahora, porque sigue primando una sociedad gobernada por seres masculinos. Un mundo solo de mujeres, posiblemente, también se hubiera destruido solo aunque, eso sí, mucho más limpio y con cada cosa en su sitio. Eso, salvando el escollo de cómo hubieran hecho para procrear y mantener la estirpe. En conclusión, que hombres y mujeres se necesitan, se atraen, se repudian, se quieren, se odian, se gustan y se disgustan.

Y como Rob Becker ya había puesto en entretelas la relación entre unos y otras, llega la mujer, la autora Emma Peirson y le da la réplica Defendiendo a la Cavernícola para, entre los dos, llegar a la misma conclusión: estamos condenados a entendernos. Con sus altos y sus bajos, con sus más y con sus menos, con sus pasiones y sus indiferencias, con la misma pareja o con variados ejemplares de la especie. Cazadores y recolectoras a lo largo de la evolucionada civilización que nos contempla. Aunque esos roles también, eso parece, están empezando a cambiar o, al menos, a alternarse.
Yolanda Ramos defiende, y muy bien, a La Cavernícola. La defiende y la hace suya, la critica y la envuelve con las pieles del cariño, le da frescura, es divertida, pasional, cercana, cómplice, compañera, confidente, sincera. Nos hace pasar casi dos horas con la sonrisa en la cara, la comprendemos y nos sorprende con algunos comentarios. Nos trata como si fuéramos alguien de su familia, pero con la confianza de que no nos vamos a escandalizar ni a ponerla en entredicho.
Esteve Ferrer la dirige con la sabiduría de que hay que dejarla hacer lo que quiera, porque no hay hombre en el mundo que pueda imponer su criterio a una mujer si no es por la fuerza. Y aquí se nota que ha habido una gran flexibilidad, aporte por parte de los dos, guiños personales, complicidad en definitiva, porque, queramos o no, nos necesitamos y, como dice Yolanda Ramos al finalizar la obra, una cosa es querer, el amor eterno, y otra gustarse y comprenderse, aunque haya actos, situaciones y momentos que nos saquen de quicio.

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