el-cavernicola
Real como la vida misma, divertido y amargo, incisivo, certero, cargado de razón pero con ese punto de absurdez, crítico, cariñoso, observador, familiar, cercano, psicológico.
Todos estos adjetivos y muchos otros más se pueden aplicar a este monólogo de éxito que Nancho Novo lleva paseando por el escenario durante ya varias temporadas. Y no es de extrañar.

Nada que ver con los soliloquios a los que estamos acostumbrados en televisión de ponerse a parir hombres  y mujeres, de criticar, de intentar llevar la razón al terreno propio de cada sexo.
Nancho Novo lo hace con elegancia, (con toda la elegancia de la que es capaz una persona del sexo masculino), ecléctico, porque aunque toma partido por sí mismo, comprende las razones de ellas, ha analizado (a través del texto de Rob Becker), desde los tiempos de los cavernícolas, que estamos hechos de diferente pasta y estamos condenados a entendernos y a criticarnos, a protegernos y a repudiarnos,  a soportarnos y a necesitarnos.
Al final todo se reduce a que ellos son cazadores y ellas recolectoras. A que ellas pueden hacer varias cosas al mismo tiempo y ellos no. Y tiene razón. No tenemos más remedio que darle la razón, aunque nos haga gracia, mucha gracia, precisamente por eso, porque nos cuenta las verdades del barquero, y nos reconocemos en las anécdotas y en las situaciones, en la diferente forma de ver y plantearse las cosas, en que, indefectiblemente, estamos abocados a ser distintos a pesar de necesitarnos.
En algún momento del monólogo se me plantea, como en algunas películas, que lo que nos cuenta el actor está basado en hechos reales. Y, desde entonces, veo la función como un guion cinematográfico. Los “flashback” hacia la época de las cavernas o hacia la juventud del intérprete, los primeros planos de un personaje que se emociona dentro de lo que cabe, (dentro de lo que su condición de hombre le impone y le predispone), las escenas donde la pareja discute y se incomunica o se aproxima, los recuerdos, lo que va a suceder contado por un narrador que también es testigo de los hechos.
Y siendo tan de cine, tan teatral. Tan maravillosamente teatral. Rompiendo la cuarta pared, con un decorado funcional y divertido, con la variedad de registros interpretativos de Nancho Novo que, sin dejar de ser él, contándonos su propia historia (ficticia o real, qué más da) nos presenta un personaje prototipo, común, nosotros. Directo, actual, cavernícola, sensible, primitivo, complejo, amigo, cónyuge, hipócrita, sincero, esforzado, compañero, cazador, simple,… y, en algunos momentos, hasta gili…   Todo en uno. Y todos nosotros en él. Y ellas, riéndose en nuestras narices.

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