lengua madre
Cada nuevo curso escolar les digo a mis alumnos que soy un apasionado lector del diccionario. Se sorprenden. Me preguntan si lo leo de principio a fin. Les contesto que cojo una página al azar y siempre descubro una palabra desconocida, una palabra que estaba agazapada esperándome para que yo la asimilara. Les digo que es divertido y que prueben a hacerlo. Me miran sorprendidos, los más audaces se atreven a hacer gestos o comentarios por lo bajo diciendo: “¡vaya rollo!” o “está pirado”. No se atreven a mofarse directamente de mí porque soy el profesor y aún conservo algo de respeto y autoridad.

Cuando van a hacer un examen tenemos la norma de que se pongan de uno en uno y por el número de orden que ocupan en la clase. En alguna ocasión les digo: “poneos por orden alfabético”, y preguntan: “¿eso es por orden de lista?”.
De eso trata La lengua madre. Del orden alfabético y de las palabras que están vivas. Que nos han marcado una forma de ser o de pensar o de sentir. Palabras imprescindibles y palabras tontainas u obsoletas. Palabras con carácter y palabras pusilánimes. Palabras misteriosas y palabras familiares. Palabras que se pierden y palabras que se encuentran. Palabras que nos hacen imaginar y palabras que nos tienen constreñidos. Y de frases hechas. Y de la pérdida de comunicación porque la gente no conoce las palabras adecuadas. Y del orden alfabético que nunca nadie se ha atrevido a tocar pero sí son audaces con las faltas de ortografía o la supresión de las vocales, o la ausencia de los signos de puntuación, o la mediocridad de usar siempre los mismos términos.
Vemos y escuchamos a un grandioso Juan Diego. Elegante y derrotado. El viejo profesor que va a dar una conferencia y nos habla de sus más íntimas experiencias y emociones. El querido profesor que sufre con el lenguaje y que se apasiona con la lengua. El cercano profesor que se desnuda psicológicamente porque cada vez está más solo. El carismático profesor que ya no se enfada con sus alumnos aunque les suene el móvil porque aprovecha para contarnos sus anécdotas y sus fracasos, sus batallas y sus nimios éxitos. Juan Diego emociona, nos hace sonreír, nos abre la mente a una realidad latente. Y lo hace con la maestría del análisis nada académico de Juan José Millás. Proporcionándonos esa imagen de fantasía o irrealidad, de sueños, de sentirse vivos, de sentirse irónico o mordaz, agudo en sus apreciaciones, dotando a las palabras de vida propia y haciéndonoslo ver, porque aún cree que las palabras pueden ser mágicas y lacerantes, reales como la vida misma y ficticias como un personaje de novela de caballería, sensibles como un poema, crueles como una bofetada, huérfanas, adoptadas, vilipendiadas, vituperadas, pero también ensalzadas y enaltecidas.
Al final, la conferencia se ha convertido en un confesionario, en una charla de café, en un soliloquio ante el espejo, en un recuerdo agridulce. Y nos aconseja que amemos las palabras, pero que no las perdamos de vista, que no nos fiemos plenamente de ellas porque pueden traicionarnos o engrandecernos, quién sabe, cada palabra querrá decirnos una cosa. Están vivas y son impredecibles.

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