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Dos por cuatro, o por seis, o por ocho, Juanra Bonet y David Fernández se multiplican por sí mismos y crean unos personajes perfectamente estrambóticos, divertidos, alocados, casi de circo, casi de cine mudo pero hablado, casi de comedia de salón pero sin salón.

Con la excusa de una función a la que ellos mismos llegarán tarde, los dos humoristas se meten en los personajes de dos guardias de seguridad que, con la complicidad del público, harán lo indecible para que estos estén entretenidos y no hayan pagado en balde la entrada. Y consiguen, no solo divertir, sino extraer auténticas carcajadas de las mandíbulas batientes de espectadores entregados.
Además de crear situaciones y escenas que nos recuerdan argumentos, sucesos y personajes de otras historias impregnadas en el subconsciente colectivo, encima, lo hacen bien, muy bien. Juanra Bonet cambia de voces, de registros, de ritmo, nos lo creemos con la aquiescencia de dejarnos llevar por el absurdo, la repetición, el lenguaje, la parodia. David Fernández no se queda atrás y saca todo su potencial humorístico, su peculiar manera de interpretar haciendo de otros sin dejar de ser natural y sorprendente, guasón en su seriedad, socarrón y taimado.
De las escenas que van sucediéndose unas, lógicamente, tienen más fuerza que otras, pero el clima burlón va subiendo cada vez más y apenas nos dan tregua para descansar de las risotadas. El inspector que interroga al supuesto nazi jugando con los conceptos de la verdad y la mentira, los expedicionarios que van al Polo Norte y ven un túnel al final de la luz, la historia de amor aséptica a partir del drama de la pérdida de un hijo que no existe, la historia sagrada de un niño Jesús que no hace nunca lo que es debido, los argentinos que quieren probar una nueva forma de interpretación haciendo melodraaaaama,… no importa que no tenga una aparente relación entre sí, ellos, Juanra y David, se encargan de hilvanarlo con el sutil hilo de esos ‘seguratas’ educados y simpáticos que en lugar de darnos con las porras y prohibirnos la entrada, nos pedirán perdón lamentando mucho las disculpas. En realidad, nos prohíben la salida sin la sonrisa puesta en la faz de la jeta, valga la “rebundancia”. Porque también juegan con las palabras. Y se convierten en una pareja de dos, compenetrados y bien ensayados, con un guion perfectamente trazado y una puesta en escena bien puesta en escena.
Y disculpen ustedes esta osadía, pero es que uno sale del Pequeño Teatro Gran Vía contagiado de alegría, de risa, de regocijo, como buen colofón para terminar una jornada trabajosa y rutinaria, agradeciendo a estos DOS que no hayan llegado tarde a su cita con la representación implícita.

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