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¡Justicia!, clamaba don Quijote por los caminos. Justicia para los menesterosos y los desvalidos. Justicia igualitaria y sin discriminaciones. Justicia y preguntas. Muchas preguntas que quedarán sin respuesta verdadera. Preguntas incómodas y preguntas necesarias. Y filosofía. Y pensamiento. Y escape y huída. E intereses personales. Y ocultaciones y favorecimientos. Desahucios. Soledad. Desesperación. Querer saber y conformarse con ignorar. Y realidad. Y sociedad. Y actualidad. Y buen teatro, muy buen teatro.

Nada que perder se va entrelazando con varias historias y personajes relacionados entre sí consecuencia o causa previa de hechos sucedidos. Y una voz de la conciencia que se escucha pero que no siempre se la hace caso. Pensamientos de lo que se debiera hacer o decir, monólogo interno pero ejecutado por otro yo.
Todos tienen algo que perder cuando quieren ganar. Nadie gana porque, al final, todos pierden. Desde el concejal corrupto y presionado, la empresaria y amante enaltecida y envilecida al mismo tiempo, el inspector que investiga la trama, la madre desvalida y el niño con miedo, el cesante que lo intentó sin conseguirlo, el cobrador de deudas que empatiza con el moroso, la interventora que prefiere irse de vacaciones sin cuestionarse nada más, el hijo que solo reclama un cariño directo, hasta el profesor de filosofía que duda de su propia existencia y de los valores de la sociedad.
Las escenas se van sucediendo componiendo una trama que tiene difícil solución. Los autores, Quique y Yeray Bazo, Juanma Romero y Javier García Yagüe, escriben ocho piezas fragmentadas pero unidas, capítulos de un argumento común, con un narrador omnisciente en cada una de ellas, que nos introduce en la mente de cada uno de los personajes, no para facilitarnos sus sentimientos, sino para abrir nuestra percepción, para destapar nuestras ideas.
Los tres intérpretes, Marina Herranz, Javier Pérez-Acebrón y Pedro Ángel Roca hacen la ingente labor de entrar y salir de sus variados y atormentados personajes con un alto grado de concentración y una estupenda emoción que nos sobrecoge. Hasta el punto que el espectador se queda con las ganas de aplaudir cada escena, pero estamos tan apabullados que no nos atrevemos por si pudiera confundirse con una respuesta mal dada.
En el escenario, sin recoger, está toda la basura de la sociedad, están las dudas del ser humano, las debilidades, el espejo de nuestro proceder, la miseria de la política, la fragilidad de la justicia, justicia, justicia.
Cuando don Quijote sale por esos caminos gritando justicia es porque no tiene nada que perder. Ustedes tienen mucho que perder si no acuden a La Cuarta Pared al grito desesperado de justicia de este espectáculo que tiene mucho que contar. Y preguntar. Véanlo y se harán las preguntas adecuadas.       

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