el-mercader-de-venecia
Shakespeare es Shakespeare siempre Shakespeare. Aún hoy seguimos bebiendo de sus fuentes, de sus ideas, de su perfecta dramaturgia sincronizada de personajes, situaciones e ideas. El gran Shakespeare, como el gran Calderón, como el inmenso Lope. Nuestro bagaje teatral les debe todo. Como la novela se lo debe a Cervantes.

La palabra. El verbo hecho escena. La grandiosidad y la podredumbre del ser humano. A través de los textos de este incomparable William Shakespeare.
Nunca nos cansaremos de verlo representado. Si se hace bien. Si nos los ofrecen con la categoría profesional de una Yolanda Pallín, que firma la versión. Con el acierto y la frescura del director Eduardo Vasco. Con la credibilidad y compostura de todos los actores, desde Arturo Querejeta, pasando por Toni Agustí, Isabel Rodes, Francisco Rojas, Fernando Sendino, Héctor Carballo, Rafael Ortiz, Cristina Adua y Lorena López.
Uno sale reconfortado después de ver este Mercader de Venecia, sin grandilocuencias pero preciso, sin alardes técnicos pero bien medido, sin tragedia exagerada pero emotivo y comprensible.
Estamos medio acostumbrados a asistir a los dramas de Shakespeare con ampulosidad, carga trágica y existencialista, dolor interno, trascendencia sublime. Este Mercader se nos muestra ágil, divertido en muchos momentos, rozando el histrionismo y la pantomima de la Comedia del Arte, resolviendo los problemas de espacio y tiempo con la naturalidad de una comedia, y aportando una visión burlesca del “quid pro quo”, algo por algo, una libra de carne por una deuda.
Eso sin prescindir de la angustia, el rencor, la desdicha, la soledad, la desventura de Shylock, el judío prestamista, que interpreta magistralmente Arturo Querejeta. Consigue que comprendamos su situación, que sin tomar partido por su persona, hasta nos apiademos de él, al fin y al cabo, solo reclama un cumplimiento de contrato, solo quiere vengarse, solo pretende ser fiel a sus principios. Y sus silencios nos lo dicen todo.
Mientras tanto, Shakespeare sigue jugando con las dobles y hasta triples parejas, nos da una visión sobre la justicia, la amistad, los buenos sentimientos, las apariencias, la fragilidad de lo material, las consecuencias de elegir bien o mal.
Un apunte para la espartana pero elegante y concisa escenografía de Carolina González, que con un extenso banco resuelve los espacios sin que necesitemos de mayores parafernalias.
El mercader de Venecia nos presta su buen crédito de gran montaje teatral. Hemos de devolvérselo con nuestro buen criterio.

Bitnami