tragala-tragala
Ya iba siendo hora. Tenían que pasar doscientos años para que podamos hablar con ironía y buen humor de un monarca que fue, o se creyó, el deseado, soberano absolutista donde los hubiere, tirano, caprichoso, vengativo, ególatra, crápula, insidioso, violento, represivo,… pero lo bueno es que Íñigo Ramírez de Haro, el autor, nos lo presenta de una manera divertida, sin tapujos, fresco, musical, actual.

Y Juan Ramos Toro, de Yllana, hace valer sus dotes pantomímicas y clownescas, absurdas y frenéticas, para presentarnos una comedia con canciones, ágil, rítmicamente perfecta, cómplice con los espectadores, medida al detalle, adornada con pulcritud, generosa en su puesta en escena, plena de detalles y rotunda en su ejecución.
Los actores, desde el primero hasta el siguiente, porque no hay últimos, desbordan energía, simpatía, voz, diversidad, cercanía, pasión, perfección. Empezando por Fernando Albizu, grande, magistral, cómicamente inmenso, refleja una majestuosa caricatura de ese otro Fernando, el VII, que usaba paletó. Para hacerle una reverencia. Y los demás: Jorge Machín, convertido en regidor y en un Pablo Iglesias que da el pego. Paula Iwasaki, dulzura, encanto, expresiva, tierna, encantadora. Ana Cerdeiriña, princesa de la escena convertida en reina, en icono televisivo, en pasión interpretativa. Luis Mottola, perfecto en el estudio del personaje psicoanalizador. Ramón Merlo, Balbino Lacosta, Joshean Mauleón y Fael García completan un elenco que sabe cantar, que está como si nada pero realizan un gran esfuerzo de cambios de personaje, de registros, de comicidad.
Todos ellos, con las canciones pegadizas y acompasadas del equipo de Ron Lalá, nos ofrecen un espectáculo merecedor de un gran público, ameno, repleto de referencias a la actualidad, con una escenografía que muestra y esconde cien mil detalles, como los hijos de San Luis, que parece que reflejara las alegorías y siniestralidad del mismísimo Goya.
Trágala, Trágala es entretenida, chispeante, ácida, crítica, valiente, arriesgada, irrespetuosa con respeto, histórica, creativa, desafiante con la inquisición (quién duda que aún quedan resquicios), tragicómica como un sainete, poco común, anacrónica y sorprendente.
Dejémonos de discursos políticos y acudamos a que nos presenten y representen este alegato teatral que saldremos ganando sin fraudes ni defraudados.
 

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