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Esta peculiar familia que se reúne, convocados a primera hora de la mañana de un domingo, por la materna manipuladora y víctima de sus hijos, estos a su vez, dependientes y hemípteros de su progenitora, pretenden organizar el ensayo de un sepelio que puede producirse de forma imprevista y, por eso, hay que estar preparados.
Sin embargo, esta familia unida por sus desencuentros, rota por su sinceridad y, quizás, por su exceso de comunicación fallida, oculta graves y terribles soledades, profundos miedos, necesidad imperiosa de ser queridos.

Desde el principio sabemos que la madre oculta algo, que está amenazada por agentes económicos externos que pueden hacerle la existencia más difícil de lo que es ya, con unos hijos psicóticos maniaco-depresivos, pero que acatan la pseudoautoridad de la ‘vieja’ porque es ella la que les saca las castañas del fuego.
Es una familia descacharrada e hilarante, rota y unida, trágica y cómica. Y el texto y la puesta en escena no nos dan tregua. Se suceden con naturalidad las complicadas personalidades de cada miembro familiar, hacen fácil lo difícil, o se complican con lo sencillo. Son como paronomasias de palabras parecidas pero con significado distinto, como un humano oxímoron lleno de contradicciones y de dudas, que hace al espectador reírse a carcajada limpia y, al mismo tiempo, pensar que son unos pobres desgraciados.
En este sentido la dirección de Heidi Steinhardt es impecable, así como su texto, conoce bien a sus personajes y a sus intérpretes y sabe cómo sacarles el máximo partido. Y ellos, actores, responden con eficacia, con obediencia filial, con enormes dotes de comicidad y pesadumbre para dar vida y cuerpo a sus protagonistas. Porque todos parece que estaban ahí antes de darles vida.
Inma Ochoa borda, escupe, siente, sufre a su Zulema (la madre) y la hace distintiva, excepcional, singular. Bosco Fernández con su pusilánime Alfredo, guardia de seguridad que no está seguro de nada, simple, ingenuo, crédulo, consigue que le tengamos lástima y cariño a raudales. Víctor Duque, el pequeño Pedro, eterno estudiante, eterno sumiso de su madre, eterno progre, eterno disconforme, eterno caduco, le quita asperezas y nos lo acerca entrañable. Y Fonsi Liébana, encarnando a Coyi, el que más sonríe y, posiblemente, el que más sufre, su ansiedad le lleva a ser pantagruélico, pero realista, despreocupado y neurótico, desasosegado pero prevenido, se le ve disfrutar y nos lo hace pasar fenomenal.
El sepelio es de esas obras que aúnan risas y amargura, que parecen sencillas y guardan una gran carga de complejidad emocional, que dejan sabor de buen teatro sin grandes parafernalias.
No se descuiden y vayan a El sepelio, en el Teatro del Arte, porque exhumarán una confortable sensación y un buen recuerdo.

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