En el agua uno pesa menos. En el agua los movimientos se ralentizan. En el agua cambia nuestra fisonomía. En el agua estamos semidesnudos, quisiéramos hundir nuestros problemas, ahogar nuestra existencia, probar nuestra resistencia.
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Los nadadores nocturnos creen que están a salvo de sí mismos. Aparentan una vida convencional y si tienen que llorar nadie lo notará porque las lágrimas se fusionarán con el agua. Pero ya no lloran. Han perdido la capacidad de emocionarse, aunque sufren y se cabrean, se desesperan y se torturan, buscan algo que nadie puede darles. Ni siquiera el creador de esta secta. Ni siquiera sus propias coincidencias.
A través de un poema trágico, surrealista y existencialista, José Manuel Mora reúne a siete personajes que no tienen tabla ni flotador de salvación. Si no se van al fondo es porque son experimentados nadadores, nocturnos. No presumen, no van a ponerse cachas, no van a lucir figura. Van buscando el líquido amniótico que les preserve de una sociedad cruel, despiadada, individualizada, egoísta. Pero su piscina está teñida del rojo de la sangre y de la pasión. En su vida fuera del agua se asfixian como peces capturados por un anzuelo mortal.
Joaquín Hinojosa, nos introduce en su grupo. Es un club de víctimas. Él mismo, su personaje, fue víctima y aunque no guarda rencor, tuvo que ponerse las gafas de bucear para poder perseguir un anhelo destructivo. Esther Ortega es una mujer rota, solo busca cariño, consuelo, que alguien la recomponga. El chico razonable, interpretado a la perfección por Alberto Jo Lee, guarda en su interior todo el odio de quien en realidad no tiene razones para sociabilizarse. Paloma Díaz, siendo invisible en su papel, nos muestra una mujer terriblemente anónima, trasparente. El chico paloma, Alberto Velasco, deberá aprender a convivir entre desechos porque nadie va a acudir en su ayuda. Diego Garrido nos muestra un cuerpo equivocado, donde solo en el agua podrá demostrar todo su potencial. Y la chica de buena familia, Cristina Subirats, que quiere traer un nuevo ser a este mundo depravado a pesar de las dificultades que acarreará. Mas también teñirá de sangre su proyecto. Todos sacan un extraordinario potencial en sus movimientos coreográficos en seco, en sus interpretaciones desgajadas, en sus cantos de sirena a la miseria, en su desesperación de personajes solitarios. Y aun siendo una piscina chocan constantemente contra las rocas.
Carlota Ferrer hace una gran puesta en escena. Trata con cariño y rigor a sus actores para que veamos a unos personajes derrotados, pero vivos, desesperados pero humanos. Movimiento y acción corporal por todas partes, y la palabra como sentencia de muerte, como letanía, como burbujas del que quiere hablar dentro del agua pero el pulmón se le anega de bilis.
No hay solución a tanto desamparo. Los corazones, tendrán que explosionar de sentimientos que se cuelan por el sumidero. Solo la voz de un niño es la esperanza de que no todo está perdido. Nademos nosotros pletóricos en cada función al ritmo misterioso de estos nadadores nocturnos.

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