El silencio absoluto no existe. Pero lo buscamos. Y además nos da miedo. Necesitamos oír las hojas de los árboles en el suelo, necesitamos escuchar la respiración de alguien cercano que nos ampare y nos cobija. Necesitamos el sonido del recuerdo para asociar lo que fuimos con lo que somos y con lo que seremos.
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Pero el recuerdo absoluto no existe. Transformamos nuestras vivencias al antojo de nuestros sentimientos. Huimos. Cuando tenemos veinte años el mundo es nuestro, somos capaces de cualquier cosa. Pero cuando cumplimos los cuarenta y volvemos la vista atrás, no nos reconocemos. Y aún así, nos cuesta abandonar esos recuerdos.
Nos resistimos a que termine nuestro tiempo. Da igual que sea verano, invierno o primavera. Lo incierto nos produce vértigo.
Tres amigos se reúnen después de los años por una circunstancia que afecta más de lo que parece. Aunque el protagonista del hecho quiera parecer frío y distante. Aunque el amigo que lo cuida y lo mantiene, quizá por interés propio, intente aconsejarlo y sacarle de su sequía creativa y emocional.  Aunque el que se quedó haya tenido que subsistir con miserias pero sea el que más ha aceptado su situación. Aunque la prostituta que les abrió los ojos a la vida se haya quedado anclada en el pasado. Aunque la mirada de un nuevo joven les retrotraiga a sus experiencias.
Nos enfrentamos a un texto duro, sentido, real, amargo de Lautaro Perotti que también ha dirigido la función. Lo hace con naturalidad, con fuerza expresiva, con conocimiento. Y los actores responden con sus vísceras, desde lo interno, desde la verosimilitud. Andrés Gertrúdix se mete en la piel de un fracasado alcohólico que conoció el éxito pero no ve la luz desde hace tiempo. Vive en un silencio que lo corroe. Pablo Rivero encarna un perfecto simple, un hombre convencional y miedoso, un silencio discreto y respetuoso, que no quiere salirse de la norma. Unax Ugalde sufre su personaje con una capa de optimismo y esperanza, conforme con lo que hay pero consciente de su realidad. Su silencio es de ocultación. Quizá sea el papel más difícil. Estefanía de los Santos interpreta a la perfección su condición de meretriz, amiga, madre, consejera, solitaria, realidad sin tapujos, silencio de alcoba y secretos, silencio de lluvia en el otoño. Santi Martín en su joven algo inconsciente es el menos callado. Todavía no tiene muchas cosas que ocultar y de las que arrepentirse. Pondrá el contrapunto fresco a tanta amargura silenciosa.
La obra nos mantiene en tensión, como están los actores en sus papeles. Hay momentos en que en la sala el silencio casi fuera absoluto. Pero sabemos que ese silencio es imposible. La fina lluvia que cae casi constantemente en el escenario y sobre las vidas de todos los personajes, hará que deseemos que el verano no termine nunca. Pero también sabemos que eso no va a poder ser. El tiempo, inexorable, nos hará más fuertes o más vulnerables; dependerá de nuestros recuerdos y de nuestras vivencias, de lo que seamos capaces de aguantar el silencio.

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