cluedo
Como en todos los juegos, en este también se mueven las fichas. Las fichas son los actores, que no paran de ir de casilla en casilla, de habitación a habitación, intentando, por un lado, salvarse de la acusación de asesinato y, por otro, acusar a los demás para librarse ellos mismos de la sospecha y hasta de la muerte.

El tablero es un estudiado espacio escénico, donde hay cocina, comedor, biblioteca, saloncito, pasillos, y hasta invernadero y pasadizos aunque no los veamos. Y puertas que se abren livianas y se cierran con llaves imaginarias y sonidos vocales que nos sitúan perfectamente en el ambiente pretendido.
Y, como en un buen argumento de sospecha, crímenes y secretos, no podían faltar los apagones repentinos, la tormenta, las sorpresas argumentales y la aparición de nuevos personajes salidos de entre el público.
Porque, al fin y al cabo, es el espectador el que mueve ficha, el que tira los dados, el que da su aprobación para que en el juego se respeten las reglas, para reír si es conveniente o para asustarse si es lo adecuado.
Y el público sale plenamente satisfecho. No tan cansados ni sudorosos como los intérpretes que no paran de un lado para otro, que no se olvidan de un mínimo detalle, que interactúan con nosotros, que están esperando a que suene la campanilla de su puerta para que vayamos a verlos.
Quiero destacar aquí la enorme responsabilidad y actividad de Raquel León que representa el papel de la señora Aldaba, el ama de llaves que no será tal o quizá sí lo será, que maneja a los otros protagonistas con una gracia y una soltura verborreica infinita.
Carlos Manzanares Moure los mueve con inteligencia, saca partido de todos los gestos, juega, nunca mejor dicho, con el ritmo endiablado pero sin tener prisa por acabar la partida, recreándose en la situación para aturdir, en el buen sentido de la palabra, al espectador que ya no sabe quién es el presunto culpable, si lo son todos, o los muertos revivirán para darnos un susto. También pensamos que, posiblemente, nosotros también seamos sospechosos.
No es fácil mantener, desarrollar, trabajar, querer, una compañía como esta de Trece Gatos, inquietos y amantes del teatro, que aúnan esfuerzos cada fin de semana en La Sala del Mariano para deleitarnos con su buen hacer. Y como no se conforman con poco, siguen elucubrando sobre nuevos montajes y estrenos ya consolidados. Cada representación es el inicio de una nueva partida en la que ningún jugador pierde, donde todos los espectadores ganan.

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