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El mar no hace nada. El mar no dice nada. El mar se queda mudo como el protagonista del cuento, aunque hable. El mar somos nosotros. El mar es cómplice de barbaries y penurias. El mar en calma vuelve la mirada hacia otro lado y el mar enfurecido solo sabe gritar sin encontrar una solución.

Cada día, cada minuto, innumerables seres humanos apenas cogen pertenencias porque no las tienen y salen huyendo. Y llegan a tierras extrañas. Los que llegan. Y ya están En manos del enemigo. El enemigo es el sistema. El enemigo es el idioma, el frío, la indiferencia, la repulsa, la soledad, la incomprensión, el bienestar, la economía, la política, la policía.
José Luis Alonso de Santos se embarca en un texto duro, difícil, marginado. Representa en dos personajes, nada más, la situación de millones de migrantes que tienen que subsistir entre soledad y miedo, entre lo legal y lo ilícito, entre ayudarse o buscárselo por sí mismo. Y con otros dos personajes que apenas tienen necesidad de hablar, solo increpar, nos cuenta de corrupción, de intereses personales, de nula permisividad. Y, mientras tanto, de fondo, el mar, la sociedad, siempre presente, callando, engulléndose a algunos, admitiendo a unos pocos, dejando que se hundan a casi todos.
Fernando Soto, como director, vuelve a marcar los ritmos con precisión. Maneja a la perfección, los silencios, la angustia del solitario, ya quemado, cansado, escarmentado, y las ganas de triunfar del recién llegado, ilusionado, enérgico, todavía solidario. No se ha hecho un viaje de miles de kilómetros para fracasar y, a pesar de todo, aún tiene ganas de reír.
Paco Manzanedo en la piel de Checa, el ruso afincado en España, ya desarraigado, sin ilusiones, sin miedos, sin querencias, dibuja un marinero abatido y fuerte al mismo tiempo, desencantado pero aún dispuesto a luchar si hace falta. Ahmed Younoussi es un Mustafá auténtico, no solo creíble por su origen y sus vicisitudes personales, sino porque refleja los miedos y la esperanza, la juventud y el deseo, la amistad y el agradecimiento. Miguel Barderas y Daniel Gallardo visten con rotundidad a sus corruptos y desalmados personajes.
En manos del enemigo era, es, una obra necesaria. No porque vaya a abrir conciencias ni, mucho menos, a encontrar soluciones o legislar derechos. Es necesaria porque también es poética, es humana, es real, es cotidiana, es única, es la forma artística de darnos una noticia, es buen teatro, tanto en su texto como en su dirección como en su interpretación. No naufragará.  

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