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La exageración como detonante del humor, el histrionismo para provocar hilaridad, el ilimitado proceder excéntrico de los personajes. Con estos ingredientes juega, se divierte, traza garabatos de niño malo el autor, Alil Vardar, que con la excusa de tres mujeres divorciadas unidas por su soledad, también entona un canto de amistad y considera posible que seres humanos tan dispares entre sí puedan congeniar, ayudarse, apoyarse, llevarse terriblemente bien.

Aquí se da cera al macho por ser macho, se ponen en pie los tópicos de mujeres necesitadas de afecto sentimental y sexual, se cuentan chistes por distender el ambiente amargo, se ridiculiza la pasión, el llanto femenino, la fragilidad de una mujer sola.
Y ni la rubia guapa es tonta aunque no domine el idioma, ni la más mayor está reprimida y depresiva, ni la más hombruna tiene complejos físicos ni deseos de venganza. Entre las tres se complementan y se unen, se necesitan y se critican, se ayudan y se soportan.
Andoni Ferreño no oculta en ningún momento su condición masculina, y consigue que, efectivamente, veamos a una mujer poderosa, grande (no solo físicamente), inteligente, impetuosa, sanguínea, pero también sensible, dolida, desvalida. (Si se tocara menos el pelo/peluca trazaría un personaje más completo). Lo interpreta con desparpajo, comiéndose la escena, llenándola con su presencia.
Esperanza Elipe asume un personaje más discreto pero también más entrañable, más real, más cercano a lo que conocemos. Y le da la credibilidad necesaria y la locura que se escapa sin pedir permiso.
Vanesa Romero se desmelena, saca las uñas de gata y el maullido de mujer que reclama afecto y sensibilidad. Pierde el pudor y grita y echa fuego y deslumbra no solo por su atuendo.
Cynthia Miranda como directora adjunta traslada el espíritu de esta comedia con la misma esencia que su original francés a la idiosincrasia española y esto lo agradecen los espectadores españoles.
Al Clan de las divorciadas se le unirán, sin duda, muchos adeptos y seguidoras.

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