delirare

Delirare es un transatlántico que va a la deriva pero no por sí mismo, sino por los pasajeros que lo han embarcado.

Delirare es un Titanic que no se hunde en lo más profundo del océano pero impide respirar a sus tripulantes.

Delirare es querer abandonarse y querer sonreír, querer cantar, querer disfrutar, querer follar, querer querer, querer soñar, querer vivir,… pero se queda en el intento, en querer.

En Delirare se grita y se susurra, se reclaman derechos, se hacen preguntas (¿Y ahora qué?), se explota salpicando el sentimiento.

En Delirare no se puede volver ni rectificar el pasado y el futuro no tiene sentido.

En Delirare lo más real es ficticio y lo ficticio se muestra como un espejismo.

Sus personajes son fantasmas, el mar está seco, las olas son ventiladores, la piscina un charco de sudor, los camarotes, celdas sin escapatoria, la cubierta, infinita y resbaladiza. Los demás navegantes, nosotros, momias asombradas de lo que está ocurriendo.

En Delirare, Cristina Redondo se muestra inflexible, dura, ácida, amarga, divertida por momentos, asqueada, sublime, incisiva,… deja de lado la esperanza y el vuelo de La virtud de la torpeza y hunde en un poema en prosa las inquietudes que nos atenazan.

Y Fernando Soto vuelve a imprimir en Delirare su impronta de gestos y bailes con la nada, la crudeza de cuerpos que se despojan de sus ropas, de sus emociones, de sus trabas, de su alma.

Los actores, marcados por el vaivén del mar y de las olas, escupen, vomitan sus recuerdos, sus soledades, sus anhelos, su destino sin fin que no les llevará a ninguna parte.

En Delirare el delirio, la locura, es poder soportar tanto sufrimiento mientras se disfruta de la fiesta.

 

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