enbruto

En bruto podía haberse llamado también, En directo, Uno y uno dos, Urrutia y Vaquero, Vaquero y Urrutia, “Monólodos” o, simplemente, no haberle puesto nombre ni título alguno. Porque estos cómicos televisivos y mediáticos, hacen lo que les da la gana. Y hablan, y sueltan chistes, y cuentan sus monólogos, e improvisan, (o al menos lo parece), y se hacen gracia y nos hacen reír, y son reales como la vida misma, como la calle, y se compenetran sin penetrarse.

En bruto puede llamarse En bruto porque les peta, o porque de una simple idea les puede surgir un chascarrillo y hacer mofa de ellos mismos y sus calzoncillos, o de políticos, de famosillos, de los considerados artistas, de la amistad, de la pareja, del racismo, de los jóvenes, del pasado, del presente y del futuro.

En bruto, sin parafernalias, como son ellos mismos, sin alardes técnicos, con cuatro cosillas contadas, solo con el bien preciado de su labia y de su ingenio, con su propia experiencia “hiperboleada”, con sus comentarios incisivos y su visión personal de lo humano más que de lo divino.

En bruto entretiene, divierte, saca carcajadas, interacciona con el público, nos cura del día pasado entre obligaciones.

En En bruto es más bruto JJ Vaquero, que no se muerde la lengua, que transgrede como diría un político, que parece que se desorienta a propósito, que se encara y que le echa cara, pero nunca sin perder las formas, si supiéramos cuáles son esas formas. Iñaki Urrutia es más comedido pero también más sibilino, que encierra un oscuro humor al que deja salir a pasearse sin bozal y sin correa. Mete el dedo en la llaga aunque él quisiera meterlo en otro sitio.

Urrutia hace un poco de carablanca, hablador pero distinguido, con la elegancia del conquistador, sincero, directo, poco fingido. Vaquero participa más del augusto, pícaro, extravagante, de entendimiento despierto, mordaz, ingenioso. Entre los dos se buscan la excusa de escribir un mini guion, que les importa poco, porque lo que quieren, realmente, es reunirse para beberse un vino, charlar y contarles cosas a los amigos y hacerles pasar un buen rato mientras despellejan a todo bicho viviente, incluyendo a esos pretendidos amigos que somos todos los que hemos acudido a descansar de tanta seriedad acumulada en nuestros sentidos.

En bruto nos arrancan, no la muela del juicio, sino la sensatez del raciocinio. Y nos dejamos hacer porque, a la postre, son como niños.

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