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San Bernardo es una estación de metro donde se encuentra la esperanza, donde la ilusión aguarda para venirse con nosotros, desde cuyo andén nos mira aunque somos incapaces de alcanzarla. Sabemos que, algunas veces, la llevamos en nuestro corazón pero no da muestras de existencia, no nos hace señales para que paremos justo a su lado, ni para indicarnos cuál es la salida. No hay salida.

Los protagonistas de San Bernardo viven en un túnel. Su casa es un túnel. Su trabajo es un túnel. Su país es un túnel. No es un túnel colectivo. Son túneles individuales, cada uno con sus ratas, con sus luces artificiales, con sus ganas de salir a la superficie. Cada cual tiene que afrontar, casi a ciegas, un camino al que no se le ve el fin.

Indalecio Corugedo nos cuenta tres historias en una sola. Pero quedan inacabadas. Queremos saber más. Saber más de un hijo ausente y la relación con su padre. De una relación infernal entre la familia de ella, la mujer, y el marido. Saber más del sentido, más que religioso, de la madre con el consejero espiritual. Necesitamos saber más del hijo, que a pesar de tener un trabajo, no está a gusto consigo mismo ni con su familia, saber de una relación oculta. Estamos esperando que pase algo. Que pase algo que haga caer, por fin, ese castillo de naipes en el que se sostienen estas relaciones. Esperamos algo que desmorone, de una vez por todas, la falsedad y la apariencia de familia bien avenida. Pero el final es demasiado previsible, demasiado fácil, demasiado rápido.

Los actores, Cristina de Inza, Ángel Pardo y Román Reyes, representan con solvencia sus personajes. Uno se percata de que hacen un esfuerzo considerable por asumir un rol poco definido, que debería tener más aristas, que no haría falta tanto monólogo explicativo.

A la estación de San Bernardo no se le ve la salida. La chica ya no está. Ya no podrá salvarnos como hacen esos grandes perros en la nieve. Tampoco, como San Bernardo de Claraval, podrá salvar las almas solitarias a base de penitencias. En esta casa sin tabiques la opresión es tan grande, que se hará el oscuro sin esperanza alguna.

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