Cuando uno se piensa mucho las cosas, sopesa los pros y los contras, baraja todas las posibilidades positivas y negativas, puede caer en un bucle sin fin, y no atreverse a solicitar, demandar, exigir, pedir, exponer, aquello que le preocupa y tener que volver a empezar cada vez, por lo menos mentalmente, cada situación, cada gesto, cada palabra, realizar nuevos intentos desesperados, conseguir pequeños éxitos repetitivos, alimentar grandes frustraciones internas.

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En medio de todas estas repeticiones constantes, agobiantes, perfectamente trazadas, están los intérpretes de “Estudi Zero” de Mallorca que han estrenado en la Sala Tarambana su versión en castellano de El aumento y que piensan llevar en gira por todo el territorio español. Lo que en principio era un guion radiofónico de George Perec de los años 60, hoy esta excelente compañía lo transforma en un montaje cien por cien teatral, imparable, constante e incansable, una espiral que no conduce a ningún sitio y, si lo hace, es para desarrollar una imaginación derrotista en algunos casos y triunfalista en otros, pero donde el pobre obrero, el cualificado empleado, el servil oficinista, vive explotado, poco valorado, jerarquizado y sumiso, aunque eso no le impide no cejar en su empeño e intentarlo una y otra vez, inquebrantable a solicitar un aumento que cree en justa medida le corresponde.
La situación que se da es totalmente actual, si bien creo que lo que se pasa por la mente de los trabajadores actuales no es tanto pedir un aumento de sueldo y sí que se les haga fijos, que se les contrate por más horas (y no trabajarlas gratis), que puedan promocionar tarde o temprano, no tener que vivir con la espada de Damocles de “si pido esto me despiden”. Aun así, cada mañana, hay que sopesar lo que le diríamos al jefe de sección, si nos recibiera, cómo reaccionaríamos ante un desplante o ante un gesto de comprensión, si nos hacemos fuertes en nuestras demandas o asumimos como que hay que dar las gracias por el simple hecho de estar trabajando, lo que se nos ha quedado pendiente de decirle aunque lo teníamos perfectamente ensayado, el momento clave que viene a pedir de boca lo que siente el corazón.
He leído en algún lugar que el texto resulta surrealista pero a mí me resulta perfectamente coherente, agobiante eso sí,  irónico, satírico, y tremendamente obsesivo.
Los actores son lo suficientemente expresivos, y comedidos en algunos casos, pero histriónicos en otros, y disciplinados, o caóticos, bien medidos, impolutos y correctos, también excesivos, en algunos casos apocados, fuertes y valientes, muy cercanos, claramente reales y afortunadamente ficticios. Como la vida misma, como los millones de trabajadores a los que les da apuro pedirles a sus jefes que les traten como a seres humanos y no como simples cargos que deben cumplir con su cometido. Me imagino que la compañía pedirá que aumente el número de espectadores. Habrá que concedérselo porque se lo tienen merecido.

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