Amanda vive en el pasado. No quiere reconocer su frustración de verse abandonada por un marido, de tener una hija excesivamente tímida y que no se atreve a luchar por sí misma. De otro hijo al que le oprimen las paredes de casa, un trabajo sin perspectivas y anodino, tener que llevar el peso de una familia encerrada en su soledad. Solo la esperanza de un amigo pone un poco de ilusión en el futuro.  Pronto también se quebrará como las figuritas de cristal que colecciona Laura, frágiles y evasivas, que nada más alimentan las horas de tedio y soledad.
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La fuerte personalidad de la madre, Amanda, Silvia Marsó, no conseguirá torcer el destino al que están abocados. Es una mujer luchadora, que no se rinde fácilmente, pero que tendrá las de perder en la sociedad de los años 30 porque ha asumido su condición de madre de familia que tiene que estar en su casa. Silvia Marsó defiende muy bien su personaje. Le imprime carácter, credibilidad, energía, garra. No será suficiente para retener a su hijo y que su hija crea más en sí misma.
Pilar Gil consigue interpretar una Laura desvalida, sin carácter, con cien miedos acechando por un leve defecto que arrastra desde niña. Es la más frágil, por eso se refugia en esos animalitos de cristal que se romperán con solo mirarlos. La ilusión de que alguien la valore será el humo de un cigarro y, por lo tanto, la vuelta al ostracismo, a la soledad y la compasión irremediables.
Alejandro Arestegui como el hijo, Tom, se asfixia. Interpreta en perfecta sintonía con su personaje esa opresión del que quiere tener ilusiones, vivir otra vida, alzar el vuelo. Podría ser el alter ego de Tennessee Williams, querer escribir, hablar de pasiones, de represiones, de agresividades, de alcoholismo, de relaciones personales, de la sociedad en general.
El personaje del amigo al que quieren agarrarse como un clavo ardiendo, Carlos García Cortázar, le da ese tono fresco que todos esperamos, esa esperanza de que las cosas pueden cambiar a mejor hasta que la realidad vuelve a quebrarse con la misma fragilidad que la existencia que están llevando.
El director, Francisco Vidal, le da a la obra el ritmo adecuado, medido, con escenas cargadas de tensión pero también, en ciertos momentos, con la apacibilidad y sensación de que no se puede estar sufriendo constantemente.
Un recuerdo para el inefable Andrea D’Odorico, que nos dejó una escenografía que refleja en sus colores y falta de adornos el enclaustramiento de unos seres que solo pueden entrar o salir por estrechos pasillos.
El zoo de cristal es un clásico del siglo XX que conviene revisitar de vez en cuando para darnos una lección de buena dramaturgia.

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