Oigo las cornetas como gritos de desesperación, pasión y amor. Oigo los tambores como latidos del corazón. Oigo las voces desgarradas del cante jondo andaluz. Oigo el lamento de los rasgueos de las guitarras y el ‘zapateao’ pidiendo enfrentamientos, pidiendo comprensión, pidiendo emoción a raudales. Oigo los cascos de un caballo que pugna por salir a escena. Oigo la respiración contenida de los espectadores entregados a un sentimiento sin límites. Oigo las campanas de un acontecimiento único.

carme

Veo manos que hablan, pies que sienten, ojos que lloran. Veo abanicos que sugieren, veo uniformes que controlan, veo ondear banderas al viento de la libertad. Veo torsos desnudos que sufren los castigos de la autoridad, veo el humo de la batalla, veo brazos en cruz y una navaja que brilla y preside todo el espectáculo . Veo belleza en las formas, veo celos en un diálogo de cuerpos, veo la derrota en las conquistas porque nadie puede apropiarse del pensamiento.
Huelo el incienso de la semana santa, huelo la sangre derramada, huelo el sudor de los bailarines que se entregan sin límites. Huelo la tensión acumulada. Huelo la seducción, el humo de las cigarreras, huelo el viento de las palabras no dichas pero que flotan en la memoria de la historia.
Toco la mano de mi acompañante para comprobar que no es etérea. Toco mis labios de sed y bebo de la sonrisa de Carmen. Toco el suelo con mis pies siguiendo el ritmo de martinetes, deblas y tonás, aunque no sepa distinguir unas de otros. Toco mis ojos para comprobar que no estoy viendo un sueño.
Saboreo el tiempo detenido. Saboreo cada compás, cada imagen, cada paso, cada ‘quejío’. Saboreo los aplausos finales como si fueran todos míos. Saboreo la satisfacción de la gente, el privilegio de asistir a una historia limpia y sin tapujos.
Salvador Távora vuelve a estar inmenso. Nos cuenta su versión desde la médula popular y desde su sensibilidad personal, ancestral y libre. Y nos trae sin remilgos a su bisabuela y a Merimée, a Bizet y al barrio de Triana, a Rafael del Riego y a la Pepa de Cádiz, a su nieta María Távora Sánchez y a Juan Manuel Rodríguez “El Mistela”, a un cuadro flamenco y a una Banda de Cornetas,…
Y vuelvo a sentir con los cinco sentidos, las cinco razones por las que Carmen se convierte en mito: su clase obrera, su situación social y su inteligencia, su condición de gitana, su belleza, su sensualidad, su grandeza como mujer y su pasión por la libertad. Quizá sean más de cinco, y es que esta Carmen no puede quedarse en menudencias.

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