Unas nuevas generaciones de actores/actrices que se forman cada año, cada curso, en las diferentes y variadas Escuelas de Interpretación están a punto de salir a la palestra en su debut profesional. Entre ellas, con un prestigio ganado poco a poco y pulso a pulso, por la calidad de sus profesores, por el rigor de sus enseñanzas, por la exigencia de sus propios alumnos, está la RESAD de Madrid, que forja auténticos comediantes, sin menosprecio del término, al contrario, ensalzándolo como algo excelso y digno de loa y parabienes.

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En estas fechas, si nos adentramos en el esófago de la RESAD, apreciaremos las muestras de esos esforzados actores que tendrán que luchar contra un mundo tremendamente competitivo y difícil, inseguro e inestable, pero al mismo tiempo adorable y venenoso en su esencia, atrayente y arriesgado, apasionado y visceral.
He tenido la suerte de presenciar uno de estos trabajos. Mala Espina, texto de Xus de la Cruz, también alumna de dramaturgia, que ha puesto al servicio de tres grandes y jóvenes actrices, ya profesionales, aunque su carrera aún sea corta, una obra cargada de drama y no exenta de humor, con buenas dosis de intriga y simbología, poética y realista, con un conflicto sólido y una resolución que genera un cambio interno en sus protagonistas.
Marina Adeva, Yolanda de la Hoz y Cristina Subirats, asumen a la perfección sus roles. Parece que la autora las conociera y hubiera sacado de sus personas las directrices adecuadas para cada personaje. Pero son ellas las que se comen el escenario. Las que vibran y las que sienten y nos hacen sentir. Las que nos emocionan y las que nos divierten. Las que nos ponen el nudo emotivo en la garganta y la sonrisa enternecedora en nuestros labios. Quizá todavía no hayan participado en series televisivas de máxima audiencia, quizá tengan que agenciarse unos buenos contactos con sus respectivos teléfonos para que las tengan en cuenta, quizá no tengan apellidos conocidos ni sean sobrinas de…, quizá sus currículos aún no sean lo suficientemente eximios, pero estas tres actrices saben reír y llorar, saben decir la palabra y el verso, saben guardar los silencios, saben mirar, saben, ya, interpretar.
Y, además, son disciplinadas. No tienen el ego subido. Acatan y aceptan las órdenes, que estoy seguro habrán sido sugerencias, de Fernando Romo, también luchador empedernido de las artes escénicas, actor, director de la compañía “Fuegos Fautos”, impulsor de llevar el teatro a esos pueblos y ciudades “dejados de la mano del hombre” como diría Lorca, que ha imprimido una puesta en escena sobria pero bien marcada rítmicamente, aportando también su impronta y coordinando a la perfección texto y actrices.
La iluminación de Jesús G. Pecharomán, acrecienta el impasse de que puede que no se llegue a una salida, aunque vemos en un árbol genealógico en el suelo que las ramas nítidas y fuertes de lo que las actrices creen sus ancestros, en realidad se difuminan en pisadas emborronadas que acabará por unirlas, magníficamente ideado por Fernando Subirats.
No nos dio Mala espina este trabajo que espero llegue a alguna Sala alternativa para poder exhibirlo por más tiempo y que se beneficie un mayor número de espectadores.

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