Henrik Ibsen debió de ser un hombre de carácter. Cuando, con ocho años, su padre queda arruinado, vive en sus propios sentimientos la soledad y la introversión, el tener que luchar para salir adelante, lo que hace es estimularle para ponerse en contra de todo lo que la sociedad estipula como socialmente correcto. Si las cosas no son fáciles no las disimulemos. No vivamos del escaparate. Y así, crea esas obras cargadas de simbolismo pero, al mismo tiempo, realistas, de gestos mal entendidos, de dejarlo todo para cumplir unos ideales que, posiblemente, reporten más penurias que grandezas.

hedda

Antes de Hedda Gabler, un Peer Gynt soñador lo deja todo para no llegar a nada y reencontrarse consigo mismo en su retorno. La Nora de Casa de muñecas da un portazo final reivindicando su papel protagonista en una sociedad machista y puritana. En Un enemigo del pueblo la crítica está en los intereses colectivos y particulares basados en la estabilidad y economía burguesa. En El pato silvestre todo son mentiras y apariencias. Y en esta Hedda Gabler, la protagonista se muere de aburrimiento y, por lo tanto, tiene que manipular, destruir, que todos estén a su servicio.
El montaje de Eduardo Vasco intenta reflejar todas estas sensaciones. Sobrio en su escenografía, en principio se nos muestra una Hedda Gabler, interpretada con fiel reflejo por Cayetana Guillén Cuervo,  como un punto luminoso, blanco, fascinante, objeto de las miradas y los deseos. Pronto nos irá desvelando su carácter soberbio, oscuro y hasta opaco. No quiere a nadie, todos la temen. Y ese es el punto principal de su atracción. Pero nadie está a su altura. Y menos su marido, más bien pusilánime, más preocupado por su intelecto que por su relación, Ernesto Arias, se nos aparece frágil, casi un niño, un juguete en manos de la diosa. Solo parece algo más humana en su relación con Eilert Lovborg, José Luis Alcobendas, el único que le hará salir de su imperturbabilidad. El juez Brack, Jacobo Dicenta, tampoco conseguirá nada de ella, aunque aparentemente la pueda presionar. Verónika Moral y Charo Amador dan también la justa medida de sus personajes. Todos contenidos, precisos, como obedeciendo la directrices de una mano que les aprieta mientras acaricia.
La presencia de Hedda Gabler se hace tan opresora, que ni siquiera sale de escena, es como una sombra que escucha, que controla, que asfixia. En la platea no se oye respirar. Este drama nos tiene sobrecogidos. También hemos caído en el poder de persuasión del personaje.

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