La grandeza de Shakespeare es que lo mismo te escribía un drama trágico aristotélico y terrible, que compone una comedia con un apreciable juego del lenguaje, una trama burlesca y un sinfín de enredos amorosos. Y encima perfilaba a la perfección sus personajes, urdía tramas enrevesadas, sin dejar de lado un inquietante matiz dramático.

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Shakespeare, considerado el no va más de la dramaturgia universal, se sigue representando porque sus palabras no tienen desperdicio, sus argumentos están bien cerrados, sus personajes han pasado a formar parte del acervo colectivo, incluso fuera del ámbito teatral.
Por eso, encontrarse con una versión de Mucho ruido y pocas nueces tan irreverente y descarada, cuando menos sorprende y también se agradece.
En mis montajes con actores entusiasmados, jóvenes, decididos y valientes, cuando barajábamos una obra clásica de cierta enjundia siempre surgía el debate de si debíamos “destrozar” el texto, acercarlo a nosotros, mutilarlo si fuera preciso, añadirle referencias actuales, incorporarle elementos cómicos a lo trágico o cualquier otra ocurrencia desmedida. Y hablo de destrozar en el sentido de hacerlo nuestro, darle nuestra propia entidad, nuestras ganas de juego. Confieso que nunca me atreví a llegar tan lejos como en el montaje que se representa en la sala Off del teatro Lara por la compañía Las Grotesqués.
Tres actrices, Elena Lombao, Celia Freijeiro y Tusti de las Eras, asumen todo el reparto del libreto shakesperiano. Y lo hacen dejándose la piel, la voz, la expresión corporal, repartiendo buen humor, desparpajo, acciones imposibles, gestos, improvisación, cercanía,… Deben de quedar agotadas. ¡Qué trabajazo!
Bien es cierto que si no conoces el argumento de la obra puedes perderte en los vericuetos de los cambios de personajes, de actitudes, de escenas, del enredo dentro del enredo, de las relaciones de unos personajes con otros; da la impresión que en la madeja se van a formar unos nudos imposibles de deshacer. Pero la maestría de su directora, Sonia Sebastián, y el buen hacer de las intérpretes hacen que sigamos un hilo, difícil y abrupto, es verdad, pero hasta eso da un poco igual,  porque nos admiramos con su soltura, su entrega, sus ganas de que lo pasemos, al menos, tan bien como ellas. ¡Y vive Dios que lo consiguen!
Si Shakespeare levantara la cabeza posiblemente llamaría a sus coetáneos, (y no creo que amigos), Miguel de Cervantes, Lope de Vega o Francisco de Quevedo, para echarse unas risas y decirles: “Mirad cómo me han dejado”, a lo que alguno de ellos respondería: “Tú, que las has dejado”. Y luego se irían a tomar unos vinos, porque este montaje hay que celebrarlo.

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