Después de ver esta estupenda comedia-drama, Buena gente, de David Lindsay-Abaire, no he podido evitar el recuerdo de una película cuyo protagonista siempre hablaba de “buena gente” aunque se refiriera a una trucha, a un tigre, a un árbol, o a una persona: Dersu Uzaláde Akira Kurosawa. En ella el viejo ermitaño cazador parece excéntrico, huraño y maleducado, pero consigue el respeto y el cariño de los que le conocen porque desprende ternura, sabiduría y cariño.
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Lo mismo te pasa en esta obra. Verónica Forqué con su dulce voz nos produce y nos transmite bondad, sensibilidad, sentimiento. Y además nos identificamos con ella. Con sus penalidades, con su lucha cotidiana y trágicamente vulgar, con su optimismo derrotado o su pesimismo esperanzado. Ella, su personaje, Margarita, “bellis perennis”, la flor que se deshoja entre el deseo y la displicencia, capaz de subsistir en una ciénaga, ve siempre el lado bueno de las personas. Aunque sean falsas o perdularias, interesadas o egoístas, pobres o ricas. Ella no ve nunca malas intenciones, si hacen esto o lo otro es porque no han tenido más remedio, no lo hacen a propósito. Y así va cargando con su drama, con sus amigas que le hacen compañía, con sus recuerdos, con su lucha por dar a los demás alegría, aunque a ella misma le cueste mantenerla, por comprender las razones de los otros que quizás no comparta, por ofrecer a una hija que nunca la podrá corresponder la mayor calidad de vida. Pero ella no podrá callarse, su sinceridad le reportará más disgustos que satisfacciones. Una mujer así no se puede permitir el lujo de callarse, de guardarse para sí todas sus penurias e inquietudes, porque caería en una depresión que no le conviene nada. Grande personaje, grande actriz, grande interpretación.
Y el resto de los actores también están espléndidos: Pilar Castro, Juan Fernández, Susi Sánchez, Malena Gutiérrez y Diego Paris, dando el toque justo, credibilidad y verosimilitud, personajes vivos, cercanos, que podrían ser nuestros propios amigos y a los que podríamos poner nombres reales de nuestro entorno. David Serrano en la versión y dirección nos ha hecho disfrutar y sentir, padecer y percibir en los sentidos realidades de todos los días, nos ha mostrado un espejo de soledades y amistad, de mala suerte y gente buena, de dificultades y autoayudas, de trabajo duro y de treguas en el quehacer diario.
Buen trabajo escénico, buenos actores/actrices, buen texto, buena gente.

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