El preludio ya nos vaticina que nos vamos a encontrar ante un drama: la orquesta, los compases, el silencio, la media oscuridad de la sala, el rojo telón echado, la lluvia exterior acechante, las parejas que no hablan,…

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Después se ilumina todo. En el escenario del Teatro Compac Gran Vía no caben más actores, actrices, cantantes. La fiesta ha comenzado. Volvemos al siglo XIX. Elegancia, buenas maneras, segundas intenciones, críticas veladas, risas disimuladas, miradas de soslayo, enfrentamientos vocales.
El personaje de Violeta, la “extraviada” simplemente porque le gustan las fiestas, los coqueteos, el juego de la seducción, hasta que Alfredo, ingenuo y buena persona, la rinde a su amor, no tanto por sus encantos, sí por su delicadeza, su cultura, su buen hacer.
La historia no deja de ser un argumento más de amor. La dama de las camelias (Margarita o Violeta, qué más da) también sedujo a Verdi, aunque primero fuera de Dumas. Quizá porque era casquivana, licenciosa, divertida, libre. Y ya se sabe que las mujeres con carácter atraen a los hombres solitarios. Pero estos, a veces, están demasiado ciegos. Cuando creen tener la felicidad les es arrebatada por su egoísmo. Y cuando pretenden recuperarla ya es demasiado tarde.
La Traviata les sedujo a ellos. Pero también a miles de entusiastas seguidores de la obra durante todos estos años desde que se estrenó en 1853 hasta las cientos de representaciones que aún hoy siguen encandilando a los buenos amantes del “bel canto”.
La historia se sigue repitiendo aunque las voces y los intérpretes cambien. La puesta en escena de la Compañía Estudio Lírico de Madrid ofrece esta producción solvente para hacerla asequible a un mayor número de aficionados a la ópera y conseguir otros adeptos menos experimentados. La Orquesta Filarmónica Mediterránea, en el foso, emerge con profesionalidad para deleitarnos con sus armónicos acordes.
Sé que los puristas estarán más que satisfechos con este montaje porque se respetan todos los preceptos operísticos de libreto, vestuario, armonía, instrumentación, escenografía,… pero esta narración tan actual, a pesar del tiempo transcurrido, me pide -opinión personal-, un atrevimiento más cercano, una lectura más contemporánea, una visión más subvertiva.
De cualquier manera, ahí nos tuvo la trágica Traviata, emocionados, conmovidos, vibrantes, con la lágrima a punto de desbordarse, y Verdi lo debía estar viendo, porque el cielo lloró sobre nuestros cuerpos para que nos lleváramos el recuerdo de Violeta a casa.

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