¡Atentos Vuestras Mercedes, que ha llegado al Alcázar, teatro de la villa (y corte), aquel histrión de pelo alborotado y níveo a declamar unas cuantas palabras y verdades para gozo de damas, caballeros, escuderos, mozas,… y gatos!

EL BRUJO

Yo por bien tengo que cosas tan señaladas y por ventura nunca oídas ni vistas vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido”, y es por esto por lo que acudo presuroso y receptivo a escuchar, ver y disfrutar, simultáneamente, de varios acontecimientos que en torno mío van desempolvándose y haciéndose del agrado personal por el mero hecho del deleite y el regocijo anímico.

Primeramente, porque en este mundo caótico y sin potestad legítimamente desarrollada, que el juglar llamado Rafael Álvarez, apodado de sobrenombre El Brujo, tenga a bien representar los lunes, jornada habitualmente fatídica y de merecido descanso para los cómicos de la legua, hace que mi consideración por este bardo se eleve a la categoría del respeto y dignifique el denostado oficio de la interpretación y la escena. ¡Por fin el lunes no es un día anodino y simplón!, sin buenas comedias que llevarse, no ya al intelecto, mas sí al sentimiento y al regusto de los amantes, clandestinos o no, del teatro.

En siguiendo, la llamada inconsciente y velada de otros nombres que prestigian, o pueden hacerlo, el acontecimiento. Lázaro de Tormes, héroe pícaro, por lo tanto antihéroe, tan real que pudiera ser ficticio o tan imaginario que nadie pone en tela de juicio que pudo ser real, y trasladó en sus espirituales genes la idiosincrasia ibérica de ser como somos y pensar cómo vivimos. Solo don Quijote y Sancho consiguieron algo parecido. Y cuando nombro a Lázaro nombro un estilo real, adversidades más que fortunas, un Renacimiento íntimamente ligado al humanismo, un espejo sucio y rayado de una sociedad que se debatía entre el hambre y la estética del disimulo. Y otro gran nombre, Fernando Fernán Gómez, pregonero culto que debió tener que lidiar con amos de diversa índole y dudosa calaña, para salir airoso de tamaño desatino y adquirir el prestigio que aún hoy le debemos.

Todo ello, texto-personaje-autor, amalgama de buen juicio, lo rescata este grande comediante, Rafael Álvarez, el Brujo, solo, con su hatillo de experiencias y personajes en el haber de su epidermis; en su voz, con la que juega como le viene en gana, pero con cariño; con su imaginario escénico y su dominio controlado de decirnos cosas de seres antiguos que él hace coetáneos y rescata del olvido. Y pincha donde más duele, aunque su estocada se tome como una pequeña molestia en `salva sea la parte´ o en el colodrillo. Y recalca lo del hambre, saltándose cuatrocientos años de un suspiro, e incide en los impuestos como si de un derecho de pernada ancestral se tratase, siendo hoy prácticamente lo mismo. Ejerce con maestría el oficio de aedo épico sin ínfulas, de trovador de una prosa incisiva a la par que divertida, de lazarillo que nos guía como si fuésemos nobles ciegos de alta alcurnia adquirida por derecho propio, en vez de inquisidores (espectadores) que le juzgarán despectivamente si alguno se sintiere ofendido. Mas en las antípodas de esta sensación, salimos más ricos que pobres, mejor alimentados que comernos un pincho, más risueños que cetrinos.

Disfruten pues de los días lunes mientras este Brujo siga haciendo sus lingüísticos conjuros.

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