Hadas, magia, juego, sueños, imagen, hechizos, misterio, teatro, gatos…

critica (1)

Desde que el espectador entra en la sala para ver Sueño de una noche de verano por la compañía Trece Gatos, le circundan las hadas. Hadas todavía dormidas, pero que ya nos introducen en un ambiente sórdido y en blanco y negro con algunos matices en rojo. Y lo siguiente es una imagen de cine donde Ricardo Darín afirma contundente que las hadas están por todos lados. Y así es en esta puesta en escena. Las hadas son el eje vertebrador del montaje. Las hadas ingenuas, prácticamente humanas, cercanas, omnipresentes. Si las hadas no existieran no habría sentimientos, ni emociones, ni esperanzas.
Y las hadas consiguen un ambiente mágico. Gracias a esos oficios tan artesanales,  que roban a la compañía de cómicos, a que pueden difuminarse en arbustos del bosque, a que se sorprenden por los enredos del travieso Puck (en este caso traviesa), a que pueden transformar en ilusión un futuro incierto.
Y lo convierten en un juego. Las hadas son los peones donde ni siquiera Teseo e Hipólita mueven ficha. Es más un juego de damas. Damas que sufren por sus amados, donde los alfiles son Oberón y Titania, y van tirando los dados a ver quién llega antes a un final compartido.
Y como los sueños son en blanco y en negro, así los vemos en los personajes de esta historia, no por enésima vez repetida, menos atrayente y, en este caso, singularmente original. Carlos Manzanares Moure mueve la escena con soltura, hace una lectura muy personal del clásico de Shakespeare y nos lleva no solo por el argumento y las tramas de la obra, sino que nos arrastra a conceptos inesperados: el cine, no solo por las imágenes proyectadas; he visto en las maneras a Errol Flyn, por ejemplo, también las películas de cine mudo en sus carreras y persecuciones, un poco el género de cómico terror, la ampulosidad en la dicción de algunos de los intérpretes, el cariño y la ternura de las entrañables películas de serie B, sin olvidar la banda sonora que durante toda la función preside la acción de los visitantes del bosque.
Los actores nos hechizan. Somos como animalitos observantes y absortos adentrados en la espesura, la neblina, agazapados para no perturbar la existencia de esas otras criaturas que sufren, aman y se divierten al mismo tiempo. Y nos lo hacen pasar bien. Somos como hadas que con sus miradas hacen que esta compañía, “Trece Gatos”, maúlle a la luz de la luna para deleitarnos y marcando un territorio de eficiente solvencia teatral.
Raquel León, Natalia Espósito, Fátima Sarabia,… por citar solo a unas pocas de las actrices, junto con sus tres compañeros de reparto, creen en lo que están haciendo. Se les nota la pasión, las ganas, la ilusión.
Este Sueño… podría ser otro sueño más, (hace unos días escribí la reseña de los Alumnos de Interpretación de la Resad), pero lo convierten en `su´ sueño, en `su´ Noche, en `su´ Shakespeare, y espero, con el aplauso en la mano, que les llegue hasta `su´ próximo verano y más allá de los límites del bosque y de la ciudad.

Bitnami