salvator

Confieso que acudí a ver Salvator Rosa sin saber exactamente con qué me iba a encontrar. Por supuesto, conocía la obra y la trayectoria de Francisco Nieva desde los tiempos en que yo era un alumno más de la Real Escuela de Arte Dramático de Madrid, la que estaba en Ópera, en el último piso de lo que hoy es el flamante Teatro Real; entonces él era profesor de Escenografía de la misma, y los simples estudiantes de interpretación lo veíamos como un icono emblemático inaccesible a nuestro corto entendimiento. Fui a ver La carroza de plomo candente que se estrenó junto con El combate de Ópalos y Tasia, que me dejó impactado, entre otras cosas, por la juventud inherente de mi cuerpo y por la osadía del texto, la estética teatral, la fuerza de la palabra, la acción y los personajes (el denominado por el propio Nieva Teatro Furioso). Posteriormente asistiría a Sombra y quimera de Larra, su versión de La Paz, Los baños de Argel, Coronada y el toro, Pelo de tormenta y, más recientemente, Tórtolas, crepúsculo… y telón, cuyo ejemplar de Escélicer conservo como un tesoro con su autógrafo en la portada. En todas ellas saqué una agradable sensación de creatividad, imaginación, gusto y admiración por el lenguaje, teatro plenipotenciario.
Salvator Rosa lleva el sello de Nieva. Pero no es más de lo mismo. Ni es lo mismo ni es más ni menos. Es una fiesta para los sentidos. Es teatro puro desde su escenografía y estética, desde el vestuario de los personajes, pasando por el movimiento escénico, siguiendo por la divertida y energética interpretación de los actores, hasta la magistral escritura del lenguaje. ¡Qué divertidos juegos de palabras, de paradojas, de oxímoron, de pleonasmos, de deprecación, de figuras dialécticas,…! ¡Qué maravillosa construcción de los personajes arquetipos! ¡Qué intensa la acción dramática de una revolución satirizando al poder establecido y ridiculizando tanto a víctimas como a héroes! ¡Qué ingenio para extraer de una historia real y barroca un acercamiento al esperpento, incluso a la astracanada, al teatro del absurdo, pero también al teatro de la crueldad en versión satírica!
Guillermo Heras, como director, imprime el ritmo necesario, la temperatura adecuada para sacar el extracto esencial de una buena coordinación interpretativa y estética. Los actores se infunden de esa energía: Nancho Novo, que parece que se riera de sí mismo, Ángeles Martín, generosa y conspicua, Gabriel Garbisu, atormentado y bien desorientado, Alfonso Vallejo, perfecto en su rol de español oligarca, Isabel Ayúcar, la mala más mala y graciosa,… todos, llenan el escenario, dan color y volumen al marco de la cuarta pared y se mueven en los óleos de Salvator Rosa/Francisco Nieva como en una pintura realista de Ribera.
Y, en medio de esta fiesta teatral, el tema de la política y la actualidad, el subtema del poder, el antisistema de la revolución, el peso de los impuestos, la liberación del pueblo, el control sobre las masas, el engaño de la comunicación social y las noticias veladas sobre lo que realmente sucede, el pesimismo de la sociedad y el optimismo innato del ser humano. Procede, pues, sumarse a esta celebración de buen teatro.

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